De la separación a la segunda adolescencia

Primera columna que he realizado para la revista Bernik Magazine, que se edita en Argentina y Uruguay, diciembre de 2009.

Me contaba el otro día mi amiga Margarita de su dificultad de ser feliz siendo feminista, directiva y madre. Estaba cansada de ser una mujer perfecta, guapa, atractiva, una madre abnegada y al mismo tiempo destacarse en su trabajo. Pero su extenuación no provenía de pensar en la crianza y el cuidado de David, su pequeño hijo de seis años. Más bien, su tedio provenía de reconocer que era la madre de su marido. Tras ocho años de matrimonio, se había dado cuenta que no sólo criaba a su niño pequeño sino que principalmente criaba a su marido, un director bancario que disfrutaba de jornadas laborales de apenas seis horas.


Margarita es una abogada catalana, que además es directora de Recursos Humanos en su empresa. Tras una jornada de diez horas, solía llegar a su casa, organizaba la cena, aseaba y ayudaba en la tarea a su hijo, además de recoger los periódicos, las gafas, las latas de cerveza que su plácido y apático marido dejaba alrededor de toda la casa. El día que Margarita cumplió treinta y ocho años se dio cuenta que ya no le resultaban divertidas las travesuras de su niño grande. Entonces, ni corta ni perezosa, le propuso la separación y acostumbrada como estaba a decidir por sí misma, fue ella misma la que decidió cómo iba a ser el proceso de divorcio. Ella conservaría la casa, la custodia principal de su hijo y compartirían la casa de verano con la condición de no cruzarse los dos al mismo tiempo en el mismo espacio. Luego vinieron unos meses de liberación, Margarita comenzó a disfrutar una segunda adolescencia con salidas con las pocas amigas solteras que le quedaban. Después de años de adultez y excesivas responsabilidades, ahora era Margarita la que se encontraba como una niña. Parece ser que el matrimonio vuelve solemnes a las mujeres y vuelve niños indefensos a algunos hombres. Basta que ellas decidan separarse para recuperar esa infancia perdida. Salidas a bailar, conciertos con amigos, conocer a nuevas personas, clases de patinaje y de salsa son sólo algunas de las cosas que las niñas separadas de treinta, cuarenta y cincuenta años suelen emprender. Distinta es la situación de mi amiga Lorena, secretaria uruguaya que vive con su marido y sus tres hijos en Montevideo. Lorena escucha fascinada las historias de romances interminables de sus amigas solteras y reconoce cierta envidia de disfrutar las novedades que traen las taquicardias emocionales. Con treinta y cuatro años y once años de matrimonio, no imagina cómo sería eso de besar a otro hombre. Más allá de haber tenido una fantasía momentánea donde se imaginó en la piel de una adolescente soltera de treinta y pico, Lorena aprecia su tesoro familiar. Ese sentimiento no difiere demasiado del que expresa ahora Margarita. Tras un período de necesidad imperiosa de conocer, salir con nueva gente, reírse sin motivos, el alma femenina vuelve a añorar la estabilidad. Diez meses de adolescencia intensa y una serie de romances mal resueltos han creado un cierto malestar en el alma romántica de Margarita. No basta con la libertad ni con la posibilidad de ser. Eso no es suficiente. Porque con la libertad sexual y económica, ahora tenemos más estrés, más presiones y algunas hasta piensan que tenemos más infelicidad porque ambicionamos más cosas de las indispensables. Básicamente, el feminismo nos ha hecho creer que podemos y debemos hacer todo. Nuestro poder es tan inmenso que ahí estamos algunas extenuadas por jornadas interminables, culposas por dejar a nuestro hijo mientras vamos al gimnasio o salimos con amigos. El feminismo ha creado condiciones mejores para la vida de muchas mujeres pero también ha traído más presiones. Si puedo ganar lo mismo que el hombre en similar puesto de trabajo, entonces debo demostrar que soy la mejor. Así lo están haciendo muchas mujeres españolas, que postergan su maternidad para proteger su carrera profesional y se imponen una carga horaria que trasciende su resistencia psíquica y física. Así lo hacen secretarias, abogadas, maestras, doctoras en Montevideo o en Buenos Aires. Ninguna quiere dejar de ser la Mujer Maravilla aunque ya saben que Superman no existe.

© Leticia Brando, 2009

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