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Las nuevas empresas en entornos cambiantes

Vamos a pensar en una empresa de nuestros días. Hace muchas décadas atrás, se pensaba en un jefe que ejercía su autoridad y varios empleados que tenían más deberes que derechos. Afortunadamente, en el siglo XXI eso ha cambiado. En esta progresión, se han ido negociando reglas de aquello que consideran que debe ser un trabajo. Por ejemplo, a determinada hora, el empleado pueda salir a almorzar un promedio de treinta a ciento veinte minutos o puede tomarse el día libre en caso de la pérdida de un familiar. Incluso puede exigir una oficina donde haya ventanales que reflejen la luz del sol.  Pero como en toda relación, hay cosas que uno espera de su trabajo y no siempre las dice. Suele ocurrir que en el mundo 2.0 y del auge de las nuevas tecnologías, las mujeres y los hombres quieren estar motivados cuando realizan su trabajo. Eso implica horarios flexibles, consideración por parte de sus jefes y planes de capacitación, que se renueven según las necesidades.

extraordinary business team

Hace un tiempo, visitaba la empresa Mango y Alfonso Letosa, su responsable de Recursos Humanos, me relataba que ese año, los empleados habían pedido que se trabajara la gestión del estrés. Una empresa multinacional como Mango aplica el mimo y la consideración y así se asegura mayor motivación y productividad en la jornada laboral. ¿Qué sucede con empresas más pequeñas? ¿Tienen suficiente presupuesto para destinar al bienestar de sus trabajadores o se benefician de la ansiedad y el estrés para llegar a sus objetivos anuales? La posible respuesta podría ser depende. Y de lo que depende siempre involucra a los líderes.

Hoy la firma de un contrato indefinido no basta para la felicidad de los trabajadores. Además de aportar su talento y eficiencia para el logro de la tarea, los empleados saben que un buen desempeño sólo es posible si existe unión entre sus miembros. Esto no implica que no haya conflicto pero todos los miembros comparten similares códigos de cómo debe hacerse el trabajo. Aunque esto no evita que las formas de hacer las cosas se deban renovar constantemente. Las empresas existen en entornos que se modifican constantemente, que exigen las capacidades de realizar continuos cambios.

De la misma manera, una empresa comandada por un consejo de socios implica una organización compleja. No tanto por los empleados que esos socios deciden tener sino por el sistema de creencias que cada uno trae. Cada empleado trae una combinación de actitudes, supuestos básicos, expectativas, prejuicios, convicciones y toda esa combinación la aportan a la empresa.  Las creencias individuales se entrelazan para formar las premisas rectoras que gobiernan una organización. Los jefes mantienen y refuerzan los tipos de creencias que sostienen cada uno de sus miembros individualmente. El sentimiento de pertenencia, el sentir que se forma parte de algo, es uno de los elementos centrales del éxito de una marca o empresa. Basta ir a Mc Donalds o Starbucks donde los empleados parecen disfrutar el reino de los carbohidratos o la variedad de cafés.

A su vez, la empresa no existe fuera de un contexto social. En forma parcial, la cultura determina la estructura organizacional y no lo hace en forma total porque construye sus propios significados. Así como la circulación cerebral tiene un mecanismo de autorregulación propio, la totalidad del sistema organizacional se va ir regulando a sí mismo. A su vez, las partes de esa organización, con el paso del tiempo, van a ir cambiando y eso mantiene de alguna manera el equilibrio del sistema, porque cada uno va asumiendo los roles que se necesitan según sean las circunstancias externas.

Todo esto significa que una conducta que aqueje a algún miembro de una empresa no puede ser concebida separada de la posible de conducta del otro. Las personas pueden influirse mutuamente y lo hacen todo el tiempo. En realidad, algunas personas se especializan en influir sobre otras, más allá de ser líderes de opinión o políticos reconocidos. Por alguna razón, en las últimas décadas, podría decirse que el arte de influir está puesto en discusión. Los líderes ya no son indiscutibles sino más bien se les discute todo. Así sucede también en un contexto más acotado. Los hijos se rebelan a las palabras de sus padres. La esposa ya no escucha al marido sin chistar. Y el hombre no cree que su carrera será su último fin en la vida. En estos tiempos de interrogantes, la palabra crisis aflora como la gran protagonista. Crisis de la familia, crisis de la escuela, crisis de las instituciones, crisis de la familia. ¿Podríamos aventurarnos que es el fin de una era donde las instituciones como la empresa y la familia imponían su ley tras la figura del jefe o del padre y la madre? Nos queda el tiempo para responder esta pregunta y mientras tratamos de responderla, los dejo con un excelente vídeo excelente  sobre el tiempo que nos está tocando vivir.

Steve Jobs o el hambre de vida

Hoy leo en la revista Time que el cáncer de páncreas que se llevó la vida de Steve Jobs es uno de los más duros, drásticos y fulminantes. La expectativa de vida suele ser de cinco meses. Pero el fundador de Apple  luchó contra esta terrible enfermedad durante siete años. Seguramente su amor a su mujer Laurene Powell y sus cuatro hijos lo tenía atado a la vida. O quizá su amor a lo que él hacía. O simplemente su amor a la vida le hacían luchar por no irse antes de tiempo. Pero como él bien lo dijo, nuestro tiempo en la Tierra es limitado. Aun así lo seguimos malgastando vinculándonos con gente que no nos conviene,  estando en pareja sin estar enamorados,  negociando con clientes que no nos aportan y pretendiendo vivir cuando en realidad,  estamos en piloto automático.

Cuando una figura tan inspiradora como Steve Jobs se va, nos queda la reflexión sobre lo que dejó. Además de fortuna, una genial estrategia de marketing y una marca, Steve Jobs es recordado porque funcionó como ejemplo de vida. Pero más allá de los miles de millones facturados desde que fundara Apple, me interesa recordar el hombre. El hombre que fue una inspiración para muchos mentores, coaches, psicólogos, facilitadores. Un hombre que habló de valores y para quien tuviera alguna duda, confesó cómo hizo práctica de esos valores en su discurso para los graduados en la Universidad de Stanford en 2005.  Este debe ser uno de los más emocionantes discursos sobre la vida que escuché.

Porque no habla de cómo hizo para amasar su fortuna sino que habla de los valores internos que necesitó para hacerlo. Ciertamente que recuerda que fundó su empresa en un garaje y de golpe tenía cuatro mil empleados y facturaba dos mil millones de dólares. Pero el central de su discurso no es el dinero sino la importancia de disfrutar la vida y encontrar un sentido a todo lo que hacemos.

Todo el día, he estado leyendo diversos artículos sobre su muerte anunciada.  De paso, miro fotos de Steve Jobs con Steve Wozniak, el otro fundador de Apple. Corría el año 1976. Un pequeño Wozniak aparece como Sancho Panza ante el físico quijotesco y altivo de su socio. Jobs emerge alto, tímido, joven y guapo.  Ya de  veinteañero mostraba una expresión de tranquilidad que le acompañaría toda su vida. Esa mirada que habla más que mil palabras. Sin demasiada gesticulación, unos ojos que parecen guiñarte aunque estén simulando seriedad. En sus últimos días, ya no se veía esa mirada. Las últimas fotos lo muestran desmejorado, débil, excesivamente delgado y la premonición de su muerte era más que evidente.

Quizá toda esa complicidad que lograba con el gran público hace que hoy mucha gente no sepa qué decir. Muchos lo admiraban, otros tanto lo envidiaban, incluso su competidor más fuerte,  Bill Gates declaró que lo echará en falta.  Aún recuerdo algunos de sus debates con Gates.  En vez de la discusión sórdida y con ataques personales de la mayoría de políticos, los dos  líderes dieron una muestra de respeto, elegancia y claridad.

Jobs no sólo fue un visionario, el creador de una marca emblemática, un revolucionario que imagino una tipografía innovadora en sus computadoras. El bebé abandonado por sus padres biológicos a una pareja que lo quiso sin condiciones, fue el creador de una marca imitada por muchos. Ya nadie puede prescindir de la liviandad de cargar miles de discos en un aparato de pequeños gramos y más allá que el Ipod y el Iphone tiene sus competidores, también nos presentó el Ipad hace poco, ni que hablar que su manzanita es uno de los emblemas de la innovación.

Muchos líderes y emprendedores que conozco apenas leen, ni oyen, menos escuchan ni aprecian a alguien más allá de la facturación anual. Pero los buenos líderes que conozco,  admiran a Jobs por sus valores, parte de los cuales quedaron resumidos en ese discurso.  Más que admirarlo por su riqueza exterior, lo admiran por su riqueza interior. Durante su discurso en Stanford , relató tres historias: una sobre «conectar los puntos», otra sobre «el amor y la pérdida» y la última sobre «la muerte». Básicamente, él sugiere que permanezcamos hambrientos y alocados, que eso es lo que valdrá la pena en la vida. Tener un motivo para vivir. El sentido. Creo que sobran las palabras y mejor que la persona que no haya escuchado ese discurso, vaya a verlo aquí y también los dejo con una edición preciosa, un resumen de ese discurso en inglés, que vale la pena tanto como su discurso completo en Stanford.