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De restauraciones pictóricas, mentales y otros menesteres

Con las redes sociales comandando nuestras vidas, el mundo se ha hecho cada vez más global. Las buenas y las malas noticias se propagan por la red con la rapidez de un rayo. También se han globalizado los malos pensamientos. Mientras unos prueban las opciones para ser menos defectuosos asistiendo a talleres, cursos, siguiendo métodos  y leyendo libros variados, otros descargan sus males a través del hartazgo o la risa.  Porque esos son los caminos que quedan cuando los medios sólo hablan de crisis, bancos malos e inseguridad.

En España, muchos despotrican contra los intentos de gobernar de Mariano Rajoy. En Argentina aceptan resignados las medidas de Cristina y algunos echan de menos los tiempos de Evita y sus descamisados. En Uruguay, país seguro en sus tiempos de Suiza de América, los vecinos se enrejan y blindan sus puertas para evitar la invasión de los amigos de lo ajeno mientras su capital Montevideo transcurre con la misma calma y parsimonia de una aldea gallega. Estados Unidos habla por primera vez de crisis pero sigue marcando la diferencia y así el productor de cine Harvey Weinstein se inmiscuye en la política y sueña con la reelección de Obama.  Mientras suma admiradores en Hollywood, Barack  venera la actuación de Anne Hathaway en Batman. Pero sin duda lo que ha conmovido estos días al mundo, tanto de risa como de llanto, es Cecilia Giménez , una anciana de Borja, localidad de Zaragoza, España,  que intentó emular a Picasso en su reconstrucción del Ecce Homo del pintor Elías García Martínez. Seguramente la señora no pensó que a sus ochenta años iba a ser tan famosa ni que la fama podía causarle tanto malestar. En pocos días de estrellato, ya tiene hasta su propia página en Wikipedia.

El conocimiento de todos estos asuntos en apenas segundos nos permite cerciorarnos  del gran poder del marketing viral en esta primera década del siglo XXI. Basta que una persona haga un Twitt o un post en Facebook o un link en You Tube sobre el asunto de Obama, Cristina o la restauradora del Ecce Homo  para que una información se propague en segundos por el mundo entero. Unos minutos o segundos en la televisión valen más que miles de escritos sobre política, economía, antropología y filosofía.

Basta recordar que una de las razones del gran éxito de la película y posteriormente libro “El Secreto” de Rhonda Byrne fue la gran difusión que se hizo por las redes sociales. En ese filme, aparecían personas de distintas disciplinas opinando sobre el poder de la mente, los beneficios de la creación de pensamientos positivos y la creencia en la fuerza de la voluntad. Mientras el mundo occidental se sorprendía, los devotos de la filosofía hinduista y budista sabían que no había nada de nuevo en esta supuesta  revolución mental que promulgaba el agradecimiento y las buenas conexiones mentales.

Algunos europeos y latinoamericanos, con el aprendizaje de la meditación, ya hacían uso de su eficacia mental antes que personas de gran poder mediático como Oprah Winfrey y Larry King apoyaran esta causa en Estados Unidos. Sin necesidad de remontarse a tiempos milenarios, basta que nos remontemos a la década del cincuenta y ver cómo Fritz Perls construyó los principios de la corriente Gestalt. Junto a su mujer Laura, Perls estableció la importancia de vivir y sentir la realidad, el darse cuenta o tomar conciencia de lo que a uno le pasa (“awareness”) o asumir la realidad personal y no buscar los problemas afuera. O bien podemos ir aún más atrás y pensar en el libro “Emilio“(1762) de Jean-Jacques Rousseau, su tratado filosófico sobre la naturaleza humana, donde plantea al hombre como un ser genuinamente bueno, que luego es corrompido por la sociedad.

No es ninguna revelación el poder de nuestro cerebro y sus consecuencias positivas siempre que lo utilicemos de forma eficaz. Si el cerebro es el gran creador de nuestros pensamientos, debemos utilizarlo de forma productiva. Para ello, es vital desechar los pensamientos inútiles, fomentar los pensamientos positivos y eliminar los negativos, que desgastan nuestra energía anímica. Por tanto, el “secreto” de Rhonda Byrne  es más bien algo que hace siglos aplican muchas personas en Occidente, sin necesidad de recurrir a gurúes o a comunidades espirituales ni pensar en un mesías salvador que comunica el mensaje.  Tan sólo recurriendo a la meditación o lo que en coaching llamamos visualización.

Nuestra vida occidental nos aparta de los buenos pensamientos porque  muchas veces estamos más ocupados en pagar facturas, planificar reuniones, definir estrategias de negocio, inventar excusas para evitar algunos encuentros y nos olvidamos que antes que nada, debemos organizar nuestra mente.

Nos importa pensar bien para negociar bien con nuestros clientes, para declarar nuestra verdad sincera a esa persona que nos gusta, para que nuestra pareja entienda esa idea que queremos comunicarle, para actuar adecuadamente con nuestros amigos y colegas y dar ejemplo con nuestras acciones sin necesidad de dar consejos. Al final, la única verdad parece aludir a la frase cliché de siempre: nuestro cerebro puede ser nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo. Pero sólo si somos conscientes de su poder, podremos optimizar su funcionamiento. Quizá cuando asumamos la audacia de vivir como queremos, nos atrevamos a restaurar esa obra maestra, que puede ser nuestra vida. 

Te agradezco pero no

Mi amiga Ivana tiene una frase que utiliza frecuentemente para quitarse los hombres que la invitan a salir y no son de su interés. Ella suele utilizar la frase “te agradezco pero no”.  Esta sería una forma elegante y amable de dar calabazas además de ejercer  la sinceridad sin tapujos. Pero, ¿qué pasa con esas personas que abusan de la palabra “gracias” y la utilizan como un slogan publicitario?

Desde hace unos años, toda la filosofía de The Secret, la película y libro de Rhonda Byrne que promueven el  pensamiento positivo, trajo tras de sí   una ola de cultores de la buena onda. Quizá este post no sea de agrado de los cultores de El Secreto porque  según Byrne, si critico, culpo o me quejo de algo, no soy agradecida. Pero espero que se tome esto como crítica constructiva porque no dejo ver el lado positivo a El Secreto: abrió el campo del pensamiento positivo a mucha gente. Si tenemos en cuenta que los abogados de Byrne demandan a diestra y siniestra en relación al libro y la película, entonces luego veremos qué es ser agradecido según la autora. Más allá de sus demandas, debemos agradecer a Byrne y su obra porque el número de gente amargada y pesimista no beneficia a nadie. No les hace bien a ellos mismos porque tanta amargura les puede traer úlceras, problemas cardíacos y hasta pueden ser las semillas de la gestación de un cáncer. Tampoco el pesimismo beneficia a los psicólogos y coaches porque  las personas que ven todo negro, en muy pocas oportunidades creen que pueden necesitar de ayuda. Más bien creen que el mundo es cínico, malvado y deben aceptarlo.

Mientras tanto, hay una gran proliferación de propuestas que hablan de pensar bien, actuar mejor y así obtendremos mejores resultados. En estas propuestas, me incluyo porque mi seminario “Pensar bien, actuar mejor. Técnicas de coaching y sistémica para una vida sin estrés” suele tener lista de espera en varios lugares de España. También haré uso de herramientas de coaching que nos ayuden a pensar bien en el próximo taller “Conseguir la felicidad en el amor” que impartiré junto a Pedro Amador.

Mi uso del lenguaje positivo  no evita que reflexione sobre el exceso de hipocresía en su grado de apariciones. Mi deducción surge tras intercambiar un par de mails con algunas personas que trabajan en desarrollo personal. Con ninguna de ellas, pude sentarme a conversar o negociar propuestas pero suelen terminar la comunicación con un gracias por todo. Cuando a esa persona le di algo, ya sea mi tiempo, mi dedicación, mis planes y hasta mi ayuda, entiendo el gracias por todo. Pero cuando apenas intercambié un mail corto y conciso con una pregunta simple, el gracias por todo me resulta exagerado y hasta irónico. Otras personas cuidan más el lenguaje y con un amable saludo dan por terminada la cuestión, sin tirar flores antes de tiempo. Este gracias por todo es una aplicación extrema de la filosofía de El Secreto. Allí se nos dice que seamos agradecidos a la vida pero eso no es nada nuevo porque  ya lo cantaba Violeta Parra y lo promueve la cultura judeo cristiana. El agradecimiento siempre es positivo pero es la consecuencia  de recibir algo a cambio. Si decimos gracias como loros, entonces nadie nos creerá cuando las decimos realmente de corazón.  Un gracias a nuestra pareja, hijos, amigos, compañeros de trabajo, padres no es dañino pero un gracias por todo suena irónico cuando no se ha dado nada al otro. Por lo demás, no todas las personas merecen nuestro gracias. Si todas las personas merecen nuestros agradecimientos,  el esfuerzo del otro de dar una buena acción no tendría ningún valor.

Similar a esta actitud es cuando leo en el libro de un amigo que tiene tres páginas de agradecimientos. Sólo pienso que eso es válido si esa lista de personas participó en la investigación o escritura del libro. Pero en más de una ocasión, los agradecimientos  son sólo una caricia en el ego para los que los reciben. El autor dice palabras bonitas que quedan selladas por el papel. Muchas de las personas a las que agradece, hoy no forman parte de su vida, antes tampoco la formaban porque a muchas de estas personas las vio en contadas ocasiones. Entonces surge la reflexión sobre el adorno detrás del gracias. Te digo gracias porque queda bonito, lo imprimo, lo ve todo el mundo que tú eres mi amigo, que te agradezco y luego si te he visto no me acuerdo,  aunque si te conectas al Facebook probablemente te recuerde porque ahí todos nos miran y debemos seguir nuestra amistad buena y sana desde allí. Las redes sociales han permitido  que el mundo esté más conectado pero también han creado círculos de hipocresía donde las personas sólo hablan e intercambian si se hace desde Facebook, Twitter o Linkedin.

Cuando todos merecen una dedicatoria, se corre el riesgo que nadie se sienta merecedor de esos laureles. En cambio, cuando restringimos el campo del gracias a personas que nos han aportado amor, respeto, honestidad, paciencia, escucha, ahí las declaraciones tienen más poder porque están en consonancia a lo que recibimos.

Espero que la gente siga agradeciendo y conectándose con su alma y su corazón. Pero que no olvide que la compasión que sentimos hacia las personas pesimistas, arrogantes o violentas, no implica agradecerles como si fuera una grabadora que tenemos instalada en nuestra lengua. Decir “Gracias” no debería ser una marca de fábrica pero es verdad que un gracias bien dado a alguien del que recibimos tanto, nos acerca a las puertas del cielo.

©Leticia Brando, 2012. Toda reproducción del texto es posible siempre que se cite la fuente original.