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Entre el narcisismo y el individualismo imperante

Nunca ha estado más vigente como en estos tiempos el mito griego de Narciso. Ese joven de radiante belleza, que rechazaba tanto a las mujeres como a los hombres. Hay varias leyendas en torno a Narciso pero voy a escoger, la que lo relaciona con Eco, una ninfa enamorada de su belleza. Como tantos seres fascinados por la hermosura de Narciso, Eco es rechazada por él. La desolación de Eco la hace perder su cuerpo, sus huesos se petrifican y sólo su voz permanece intacta. Tras esto, los enamorados rechazados por Narciso suplican a Némesis, la diosa de la justicia, la venganza y la fortuna, que cuando finalmente él logre amar, sienta similar desesperación a la que sienten ellos. El castigo se cumple cuando Narciso, mientras bebe agua durante el transcurso de una cacería, queda fascinado ante la imagen que le da su reflejo, sin darse cuenta que es su propia sombra sin consistencia. Finalmente absorto ante ese amor hacia sí mismo, termina arrojándose a las aguas.

En el mundo hipermoderno que analicé en mi libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado. La hipermodernidad y las consecuencias de los cambios de roles”, las personas no buscan su reflejo en idílicos lagos sino más bien en espejos que dominan sus habitaciones, en los escaparates en los que vislumbran su reflejo mientras ojean unos zapatos en una tienda de moda, o bien con enorme descaro en su espejo retrovisor mientras esperan que cambie el semáforo. En un mundo donde todos aspiran a ser jóvenes y bellos, los enemigos son la vejez, los quilos de más y la falta de tersura en la piel. Este narcisismo hipermoderno conduce a un individualismo, centrado en el interés que se dedica cada individuo a sí mismo. Un ejemplo de esto es la serie “Sex and the city” que relata las peripecias de cuatro amigas en Manhattan y es hoy una obra de culto, tras haber finalizado sus episodios hace varios años. Carrie Bradshaw y sus amigas conocen a hombres, se relacionan pero nunca pierden su independencia, sus gastos son para ellas mismas y por ello, compran zapatos de Manolo Blahnik y mejor si las viste Gucci o Prada.

No es un fenómeno nuevo. Desde el mundo helenístico y romano, las grandes ciudades llevan a individuos cada vez más aislados y más dependientes de sí mismos. Salvo que sean una forma de expresión del individualismo, el individuo asiste a manifestaciones antiglobalización o de protección del planeta, siempre y cuando le permitan expresar su ser original. Nada de ser parte de una masa irracional. Soy sólo una parte de ese todo pero mi parte vale más que el todo. Me debo a la cultura, a la familia, a la empresa, a la sociedad, a la humanidad pero más que nada me debo a mí mismo. El individuo hipermoderno es su propio objeto de conocimiento y de ahí el auge de la literatura de autoayuda. Al mismo tiempo, es objeto y sujeto, por lo que también busca transformarse, evolucionar, mejorar, reciclarse. En este contexto, convive el individualismo centrado en el cuidado de sí, en el cultivo del cuerpo en los gimnasios, en la necesidad de pasar horas chateando frente al ordenador y con escaso tiempo para tomar un café con un amigo. También convive el individualista que se aleja del mundanal ruido practicando yoga y meditación en un retiro lejos de la ciudad y ese ostracismo durará el tiempo que se retorne a la ciudad al ciclo interminable. De hecho, en nuestra sociedad, vivir rodeados no implica vivir acompañados.

Aunque el ser individualista no es como en otras épocas, aquel ermitaño que se recluía a pensar en la montaña y alejarse del mundanal ruido. El individualismo del siglo XXI no surge ante una contemplación serena. Más bien, las mujeres y los hombres del nuevo milenio viven absortos en sus emprendimientos, su trabajo, su rutina diaria. Solamente entran en sí en el choque con la realidad, en la experiencia de la frustración, fracaso o derrota. El infortunio, un accidente, la muerte de un ser querido, una separación arrancan al ser humano de su plácido egocentrismo. Percibir los problemas lleva naturalmente a reflexionar sobre la identidad, el objetivo en la vida y el significado de la propia existencia.

En tiempos hipermodernos, donde proliferan los movimientos antisistema con las reuniones del G8, el ser humano encuentra, reconoce, asume y examina sus problemas e intenta dar una respuesta que pueda iluminar su problemática. Ante una ruptura, un rechazo, una separación, en el mundo de sobredosis de estímulos, el individualista optará por olvidar lo más pronto posible, ya sea desplazando su objeto anterior de amor y proyectando el sentimiento perdido en un nuevo objeto.
Y para el final, quizá la mejor canción que resuma estos tiempos sea Lost Cause de Beck, :


© Leticia Brando, 2011, Toda reproducción total y parcial es posible siempre que se cite el texto original.

Opciones en el presente y personas desechables

Internet ofrece muchas opciones. En un click, entramos en la tienda Dior y compramos el bolso modelo Pochette. Seguimos navegando y compramos unas vacaciones en Punta del Este. Desde Facebook, recibimos links a artículos de economía, belleza y política. De esa información, seleccionamos qué leemos, recomendamos y desechamos. También lo hacemos con las personas: seleccionamos a quién escuchamos, queremos y descartamos.

Esta facilidad de elegir las opciones que nos da la vida tiene que ver con la selectividad. Tenemos los cinco sentidos que nos permiten percibir el mundo. Cada percepción depende de nuestra biografía, experiencia de vida y teorías que hemos internalizado de nuestra familia, escuela, sociedad y cultura. Al percibir diferente, también seleccionamos de forma diversa. Hay seres muy cuidadosos y otros más propensos a absorber apasionadamente los datos que el mundo les ofrece. De estos últimos es mi amigo Jordi, un arquitecto de treinta y cinco años, que reconoce que no puede estar solo. Termina con una novia y a los dos meses ya conoce otra chica que le endulza la vida, y así en un ciclo interminable. Cuando le preguntas cuál de esas novias ha sido realmente la chica con la que él se ha querido establecer, tener una familia y comenzar un proyecto juntos, él dice que quizá la segunda de sus ocho novias. Cuando se le pregunta si está enamorado de su actual pareja, él dice que no lo suficiente pero reconoce que le resulta cómodo tener una pareja con la que compartir salidas y fines de semana.

Muy distinta es la actitud de mi amigo Andreu, un psicólogo de cuarenta años. Sólo sale con alguien si realmente siente atracción, deseo y un sentimiento cercano al amor. Él cree que su tiempo vale oro. En cuanto percibe que no siente ni sentirá amor por la chica que está conociendo, toma distancia y se aleja. Suele ser sincero y comunica con lujo de detalles sus razones para no amar. Durante su última relación, Andreu se encontró con una cuestionadora de su saber y hacer. La chica abandonada, reclamó amistad y consideración y pidió conversar personalmente. Él decidió dejarla por teléfono aunque ambos viven en la misma ciudad. Esta insistencia hizo que Andreu transformara su ser habitualmente paciente y bondadoso.

Acostumbrado a desechar la información que va recibiendo en la bandeja de entrada de su mail, decidió que esta mujer debería ser desechada y olvidada, como uno de esos spam que uno recibe diariamente. No sólo se negó a tomar un café, sino que además terminó convencido que era una obsesiva al estilo Glenn Close en “Atracción fatal”.

Si durante la relación esta chica se había mostrado cálida, comprensiva, empática y cariñosa, ¿qué había sucedido que Andreu ahora la consideraba un ser horroroso? Quizá porque parece que el reloj se detiene cuando sentimos peligro y miedo. Esa paralización hace que nos olvidemos el pasado feliz con una persona que en el momento presente nos está importunando. Cuando nos sentimos atacados por alguien que nos provoca, podemos ser emocionalmente eficaces y contestar con una frase llena de amor y paz. Pero también podemos actuar reactivamente y atacar con más fuerza al contrincante. Andreu suele ser muy hábil en sus relaciones, pero esta vez, sintió que ella sentía demasiado por él y atacó rechazando y repudiando la intención amistosa de ella. Mi amigo actuó como el niño que golpea a los menores en la escuela para proyectar fuerza en sus colegas de clase.

Al final, no es más que la demostración de un rasgo femenino el hecho de buscar explicaciones en asuntos del corazón. La necesidad humana de cerrar los asuntos hablando y hablando. No siempre esa pasión por las palabras dichas es entendida por algunos ánimos masculinos. Confío que Andreu descubra las trampas de la percepción de su cerebro, tome distancia y relativice. Eso es madurar. Eso es recordar y amar lo que vivimos y sentimos.

Podemos desechar mails, links, información, objetos, pero nunca podemos desechar personas, salvo que hablemos de maltratadores y autores de similares bajezas. Las mujeres y los hombres no somos productos desechables. Tenemos alma, voz y voto. A veces nos equivocamos. A veces acertamos. Pero al final de cuenta, como canta la gran Chavela Vargas, siempre volvemos al lugar donde amamos la vida.

(*) Columna escrita por Leticia Brando en la edición Invierno de Bernik Magazine, mayo 2010