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Give peace a chance

En coaching, constantemente se habla de soluciones,  diseño de objetivos, planes de acción y la importancia de trabajar las creencias del cliente para que perciba un mundo mejor. Algunos tipos de coaching como el ontológico tratan también la fase espiritual del individuo y creo que nunca como en estos tiempos para descentrarnos de las posesiones, los egos, los roles y las competencias.

Haciendo ejercicio de la psicología y del coaching, debo escuchar sin prejuicios lo que el cliente me narra.  Debo crear un contexto de confianza y confidencialidad donde el otro realice la apertura y trabaje sus miedos y sus sueños. Diría que un proceso de coaching exitoso se da cuando el cliente logra descubrir quién es, halla sus valores más positivos, que lo conectan con el camino que quiere seguir para concretar sus objetivos. Para este camino, es imprescindible que el cliente se conecte con su parte espiritual, con su ser más íntimo, con todo eso que poco tiene que ver con sus roles y posesiones. Stephen R. Covey habla de ética del carácter, otros hablan de valores, otros hablan de componentes del alma, lo cierto que siempre hay elementos internos que nos permiten funcionar mejor exteriormente. Lamentablemente, lo que está sucediendo es la conexión de la gente de afuera hacia adentro. Hay pocas personas que conectan con sus valores internos y viven en plenitud. La mayoría de personas asocian la felicidad y la dicha a la ausencia de problemas, a la posesión de bienes materiales, al logro de objetivos, a lograr una casa, un coche, una profesión, a tener éxito económico o profesional. Pero si centramos la felicidad en esos aspectos, como tenemos un tiempo por delante, que es cambiante y fluctuante, algún día, pueda que no tenga mi coche, ni mi casa y algún día quizá también deje de ejercer una profesión. ¿Eso significa que dejaré de ser feliz? Si me aferro a lo material y a lo exterior,  la ausencia de esos bienes significará la infelicidad. Pero si me aferro a lo espiritual, todas las crisis y guerras del mundo, no podrán arrebatarme lo que Viktor Frankl llamó la libertad última.

Pero principalmente la conexión con el ser nos conduce hacia la paz. Recientemente leo muchas cosas llenas de violencia y agresividad en personas influyentes. Desde el actor Ezequiel Campa, conocido por sus espectáculos de stand up que desde su Twitter lanza frases siniestras donde expresa un deseo de asesinar a un grupo de niños que hacen ruido en su edificio hasta personas del ámbito del desarrollo personal que promueven la paz, el amor, la felicidad y constantemente se comparan con otros colegas, para marcar que ellos están en un escalón superior. Los dos casos me parecen preocupantes. Uno es un actor argentino, seguido por 38.587 seguidores en Twitter que declara su deseo de asesinar, aunque sea en broma, suena un tanto desagradable en estos tiempos donde se hace necesaria la paz y armonía. El otro tipo de ejercicio, de buscar las incongruencias en colegas que hacen lo mismo me parece un aspecto poco pacífico, que cada vez más leo en algunos bloggers influyentes. La comparación con otros. La crítica destructiva a ideas y pensamientos. Cuando el maestro critica a otros maestros, me temo que los alumnos débiles harán lo mismo y se creará un círculo de queja, lamentos y carencias. Creo que estamos para ver diversidad de criterios y no debemos compartir todo pero sí respetar las diferentes visiones del mundo. Cuando un coach o psicólogo se muestra tan rígido en sus creencias, al punto de no aceptar al que piensa diferente, creo que debe rendir unas materias en su dimensión espiritual, que le desinflará su ego y le conectará con su ser. Al final de cuentas, ni la paz, ni el amor ni la felicidad son temas de predicadores sino de practicadores. Porque sigue siendo bonito practicar el amor, dando y recibiendo de gente que nos reconforta el corazón. Porque tras duras batallas, siempre llega una tregua para respirar y sentir paz. Y porque si somos felices dando paz y amor, será casi natural engendrar proyectos que nos conecten con la vida.

Y los dejo con un programa que hice en el espacio de coaching que tuve en “Hola Barcelona”, presentado por la excelente periodista, Olga Valencia.

©Leticia Brando, 2012. Toda reproducción del texto está permitida siempre que se cite el texto original.

Y la felicidad, ¿alguien cree que la puede comprar en las últimas rebajas?

Sumidos en un mundo materialista que privilegia el tener al ser, los hombres y mujeres han pasado otra vez las fiestas navideñas con una agenda colmada de compras, compromisos, obligaciones y con ciertas expectativas existenciales. Transcurrido este ambiente festivo, ahora llegan las rebajas. Pero los hombres y mujeres siguen ansiando que este año les depare paz, salud, dinero y por supuesto, amor.

Las personas más relajadas se plantean la época pos navideña como un buen momento para la reflexión y para disfrutar de la familia. Entre tantas compras y tanta imposición a ser buenos y caritativos, surgen diversos planteamientos. ¿Es necesario comprometerse a tantas comidas y cenas si no apetece? ¿Ha sido tan terrible la idea de reencontrarse con esa familia tan temida? ¿Y cómo nos situamos ante este nuevo año?

Conozco mucha gente que siempre está disconforme con su vida. Vive agobiada por las cuentas a pagar, o por lo que opinan los otros sobre su vida o por todo lo que aún no han hecho. En realidad, ese tipo de personas suelo observarla más en ciudades como Montevideo, donde la sociedad de control como dirían Michel Foucault o Gilles Deleuze es mucho más evidente. Allí las presiones sociales a tener pareja, una familia y un buen trabajo son las principales causantes de la culpa tan temida. El peso de la familia como núcleo social es tan evidente que no es posible ser sin antes ser observado y juzgado. La mirada es inquisidora, severa, crítica y entonces la persona actúa en función de lo que se espera que sea. En cambio, en ciudades como Barcelona, donde hay una gran confluencia de culturas, donde hay mucha gente que viene y va, las presiones son simplemente para llegar a fin de mes o pagar la hipoteca y los más opulentos en pasar de un Audi a un Mercedes Benz, o los más modestos pensarán en cambiar la bicicleta por una scooter. Pero en la capital de Cataluña no hay tantas imposiciones sociales de cómo debería ser la vida de uno. El individualismo tiene sus ventajas también y una de ellas es que cada uno puede hacer lo que quiere. Cada uno es libre de ser lo que quiere ser y por tanto, cada uno es responsable de sus consecuencias. Ya no se puede culpar a la maestra, a mamá o a papá de los errores propios. El mal no es ajeno pero la vergüenza sí, por supuesto. Esto de avergonzarse al mirar al otro porque se atreve a hacer algo que nunca haría también acontece en Cataluña. Los montevideanos y los catalanes, tan lejos y tan cerca, al fin de cuentas.

Tanto estemos en Barcelona como en Montevideo, lo cierto es que siempre surge el reclamo inocente de pedir al nuevo año que sea mejor que el anterior. Sería mejor evitar las especulaciones y programarse en positivo para el nuevo año. Para ello, nada mejor que reemplazar aquello que parece malo por algo que se proyecta como muy bueno.

Hacia una vida feliz

De esta manera, los empresarios pueden apartar la palabra crisis de su mente y pensar en la cantidad de oportunidades y caminos nuevos que se pueden tomar en 2011. Además tenemos la oportunidad de estar más tiempo con los padres, hermanos, primos, y esos familiares a los que se aprecia pero que no se puede estar mucho tiempo en el resto del año.

Otro reemplazo posible es dejar de lamentarse por no haber recibido un regalo grandioso ni agobiarse por gastos y compras desmedidas a diversas personas. Mejor pensar que es lo que hemos dado o recibido en este último tiempo que no haya sido necesariamente material. Puede ser ese “te quiero” que aún no hemos dicho o ese beso que no hemos aún dado.

Posiblemente el reemplazo esencial que podemos hacer en estas fechas es el de abandonar esa especie de castigo emocional a la que se someten muchos hombres y mujeres: el castigo por lo no conseguido. No siempre es productiva la autocrítica ni la crítica excesiva a los otros. El perfeccionismo y el excesivo detallismo nos impiden disfrutar de las cosas. El goce de la vida supone más amplitud de miras y no está exento de ciertos momentos de tristeza.

Ese proyecto que no se ha alcanzado, esa mudanza que se sigue prometiendo para el año próximo, ese viaje postergado, ese amor no consolidado. Mejor evitar esas preocupaciones tan vinculadas con la culpa. Resulta más sano y más productivo, trazar nuevos objetivos si los anteriores no se han cumplido. En este camino de renovación, de programación de nuevas metas, también vale pensar en nuevos proyectos que sean posibles a corto o mediano plazo. Puede ser la inscripción a clases de guitarra, o de flamenco, o de salsa, o la vuelta a la Universidad a hacer un posgrado, o aprender pintura, o programar nuevas vacaciones con los hijos.

Sencillamente, comenzando con estos reemplazos: de la presión familiar al disfrute de la familia, del gran dinero gastado en presentes sin significado a regalos significativos y de la sensación de fracaso a la motivación ante nuevos proyectos, comenzaremos a caminar hacia una vida feliz. La felicidad no es la carencia de sufrimiento ni significa una opulencia de riqueza y belleza. Las personas que obtienen la felicidad, lo hacen porque antes han aprendido a superar los aspectos negativos en su vida. Aceptar los miedos, los obstáculos, las debilidades y las fortalezas nos van acercando a nuestro ser feliz.

Por tanto, es importante detectar aquello que nos genera bienestar. Si anhelamos imposibles, es probable que estemos alejados de nuestro bienestar emocional y nos sintamos frustrados. Pero si reconocemos que nuestro bienestar puede estar más unido a compartir con nuestro núcleo afectivo, padres, hermanos, hijos, amigos o en soñar y dibujar nuevos emprendimientos, eso nos acercará más a una vida más plena.

© Leticia Brando, 2011 Toda reproducción debe citar el texto original

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¿Conocemos cuál es nuestro propio valor?

¿Cómo generar la mejor versión de nosotros mismos tanto en la familia, con nuestros amigos y en el trabajo? Para no saturarnos con los problemas que nos plantea el día a día, debemos reconocer nuestras cualidades más originales. En otras palabras, debemos tener el valor de valorarnos. Para ello, debemos contradecir la imagen negativa que puede surgir de nosotros mismos y generar una nueva versión de cómo queremos ser y cómo queremos que se desarrollen nuestras relaciones con los demás.

Bondad, confianza, paz, humildad, respeto, flexibilidad, disciplina, serenidad no son meros conceptos abstractos. Se pueden llevar a la práctica. Los valores positivos fomentan buenos pensamientos. Los buenos pensamientos promueven que utilicemos palabras adecuadas para nuestra comunicación con los otros. A su vez, esas palabras permitirán que hagamos y los otros hagan acciones realmente efectivas y productivas. Nadie recuerda qué hemos dicho pero sin embargo, siempre se nos recuerda por nuestras acciones. Los hechos son decisivos. Todo esto fomenta la cooperación, la justicia y la comunicación.

Nuestra posibilidad de éxito en el amor, amistad, trabajo y relaciones en general, depende del reconocimiento que hagamos de nuestro potencial. Nuestro potencial no está en los estudios que tengamos ni en la experiencia sino en la actitud que hemos asumido ante las crisis y obstáculos y del uso que demos a valores como amor, paz, felicidad, bondad, respeto, confianza. Sólo si reconocemos cuáles son nuestras capacidades, podremos lograr nuestros objetivos. Sobre esto tratará el seminario “Diseña la vida que quieres con técnicas de coaching y meditación”, que se celebrará el 20 de noviembre de 2010 en el Fnac de L’Illa. Además de aplicar técnicas propias del coaching, la terapia sistémica y la meditación, el objetivo central es que las personas logren construir una versión alternativa de sí mismos, que los conecte con sus valores más positivos.

En el seminario Diseña la vida que quieres, la idea es reconocer nuestros valores internos para lograr nuestras metas. El coach necesita que el cliente sepa sus cualidades, las valore y las cultive. No hay que temer reconocer las cualidades porque son ellas las que nos permitirán llegar adonde queremos llegar.

El primer paso para valorar nuestro potencial es recordar que en cada parte de nuestro ser, tenemos la cualidad de la pureza. En Occidente, la palabra pureza suele asociarse con movimientos religiosos que promulgan la abstinencia total de placer. Pero en realidad, la pureza es esa cualidad que empleamos en nuestra vida laboral y personal para huir de los ruidos, de las distorsiones en la comunicación y de las tensiones en la oficina. Cuando alguien se está comunicando con nosotros de manera agresiva, poco cortés o con indiferencia, nuestro ser puede reaccionar entrando en ese mundo de ruidos y voces elevadas o bien, puede apartarse y buscar su instante de luz. Del mismo modo, cuando tenemos un plan que parece lleno de obstáculos, como planear una boda o conectar un nuevo equipo tecnológico en nuestra oficina, y nos tardan en hacer las invitaciones o bien los servidores se caen, lo mejor es buscar nuestra pureza, nuestra paz interna, nuestro optimismo y claridad que nos llevarán a encontrar una solución.

Para encontrar rápidamente la pureza y no dejarnos contaminar por los ruidos, gritos, agresiones externas, debemos cultivar el respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás. La falta de respeto quita libertad y bloquea el camino. En cambio si he respetado eso que he querido ser, el respeto volverá a nosotros mismos.

Respetar cosas es tan provechoso como respetar personas. La liberación del ser llega cuando no ridiculizamos la fealdad ni la pobreza y no nos volvemos arrogantes por ser bellos, inteligentes y ricos.

El respeto implica la cooperación, la aceptación del diferente pero también implica reconocer nuestra particularidad y nuestro espacio propio. Muchas personas han vivido sus vidas siguiendo las expectativas de los demás. El hijo abogado que estudia la carrera por seguir una tradición familiar pero que no respeta sus inquietudes e intereses y al mismo tiempo. Mientras tanto, sigue trabajando siendo un arquitecto frustrado y luego culpa de sus males a una familia opresora y exigente. ¿Pero quién es responsable? ¿Podemos seguir culpando a los otros una vez que somos adultos? Sin duda, la familia ejerce una fuerza descomunal en la personalidad del individuo. Por eso, para nuestro beneficio, es importante crear nuestras propias ideas, creencias, opiniones y crear nuestra propia visión de nosotros mismos. Cada uno es el responsable de sus bienes y sus males. La famosa frase que hoy se repite casi como un cliché nunca ha sido tan cierta: todos somos los creadores de nuestro destino. Así como debemos respetar a los que no dibujan y pintan como nosotros, debemos aprender a dibujar y pintar el mundo que queremos.

Y les dejo con un programa que hice en “Hola Barcelona” donde hablo de todo esto:

©Leticia Brando, 2010

El hábito de la proactividad

Acostumbrados a los tiempos reactivos, donde las personas reaccionan a los estímulos sin razonar,me pareció importante hablar del hábito de la proactividad que implica responsabilidad de nuestra respuesta. El ser proactivo no culpa a la crisis, ni a su familia, ni a su educación ni a su cultura de sus problemas. Cuando funcionamos proactivamente, tomamos las riendas de nuestra vida y nos hacemos responsables de nuestros éxitos y fracasos. En este programa del 7 de enero de 2009 en “Hola Barcelona”, en BTV y conversando con Olga València, cité como ejemplo a Viktor Frankl, psiquiatra austríaco, creador de la logoterapia y ex prisionero en un campo de concentración. Tenemos que saber manejar nuestras emociones pero principalmente debemos reforzar nuestros valores.