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Y la felicidad, ¿alguien cree que la puede comprar en las últimas rebajas?

Sumidos en un mundo materialista que privilegia el tener al ser, los hombres y mujeres han pasado otra vez las fiestas navideñas con una agenda colmada de compras, compromisos, obligaciones y con ciertas expectativas existenciales. Transcurrido este ambiente festivo, ahora llegan las rebajas. Pero los hombres y mujeres siguen ansiando que este año les depare paz, salud, dinero y por supuesto, amor.

Las personas más relajadas se plantean la época pos navideña como un buen momento para la reflexión y para disfrutar de la familia. Entre tantas compras y tanta imposición a ser buenos y caritativos, surgen diversos planteamientos. ¿Es necesario comprometerse a tantas comidas y cenas si no apetece? ¿Ha sido tan terrible la idea de reencontrarse con esa familia tan temida? ¿Y cómo nos situamos ante este nuevo año?

Conozco mucha gente que siempre está disconforme con su vida. Vive agobiada por las cuentas a pagar, o por lo que opinan los otros sobre su vida o por todo lo que aún no han hecho. En realidad, ese tipo de personas suelo observarla más en ciudades como Montevideo, donde la sociedad de control como dirían Michel Foucault o Gilles Deleuze es mucho más evidente. Allí las presiones sociales a tener pareja, una familia y un buen trabajo son las principales causantes de la culpa tan temida. El peso de la familia como núcleo social es tan evidente que no es posible ser sin antes ser observado y juzgado. La mirada es inquisidora, severa, crítica y entonces la persona actúa en función de lo que se espera que sea. En cambio, en ciudades como Barcelona, donde hay una gran confluencia de culturas, donde hay mucha gente que viene y va, las presiones son simplemente para llegar a fin de mes o pagar la hipoteca y los más opulentos en pasar de un Audi a un Mercedes Benz, o los más modestos pensarán en cambiar la bicicleta por una scooter. Pero en la capital de Cataluña no hay tantas imposiciones sociales de cómo debería ser la vida de uno. El individualismo tiene sus ventajas también y una de ellas es que cada uno puede hacer lo que quiere. Cada uno es libre de ser lo que quiere ser y por tanto, cada uno es responsable de sus consecuencias. Ya no se puede culpar a la maestra, a mamá o a papá de los errores propios. El mal no es ajeno pero la vergüenza sí, por supuesto. Esto de avergonzarse al mirar al otro porque se atreve a hacer algo que nunca haría también acontece en Cataluña. Los montevideanos y los catalanes, tan lejos y tan cerca, al fin de cuentas.

Tanto estemos en Barcelona como en Montevideo, lo cierto es que siempre surge el reclamo inocente de pedir al nuevo año que sea mejor que el anterior. Sería mejor evitar las especulaciones y programarse en positivo para el nuevo año. Para ello, nada mejor que reemplazar aquello que parece malo por algo que se proyecta como muy bueno.

Hacia una vida feliz

De esta manera, los empresarios pueden apartar la palabra crisis de su mente y pensar en la cantidad de oportunidades y caminos nuevos que se pueden tomar en 2011. Además tenemos la oportunidad de estar más tiempo con los padres, hermanos, primos, y esos familiares a los que se aprecia pero que no se puede estar mucho tiempo en el resto del año.

Otro reemplazo posible es dejar de lamentarse por no haber recibido un regalo grandioso ni agobiarse por gastos y compras desmedidas a diversas personas. Mejor pensar que es lo que hemos dado o recibido en este último tiempo que no haya sido necesariamente material. Puede ser ese “te quiero” que aún no hemos dicho o ese beso que no hemos aún dado.

Posiblemente el reemplazo esencial que podemos hacer en estas fechas es el de abandonar esa especie de castigo emocional a la que se someten muchos hombres y mujeres: el castigo por lo no conseguido. No siempre es productiva la autocrítica ni la crítica excesiva a los otros. El perfeccionismo y el excesivo detallismo nos impiden disfrutar de las cosas. El goce de la vida supone más amplitud de miras y no está exento de ciertos momentos de tristeza.

Ese proyecto que no se ha alcanzado, esa mudanza que se sigue prometiendo para el año próximo, ese viaje postergado, ese amor no consolidado. Mejor evitar esas preocupaciones tan vinculadas con la culpa. Resulta más sano y más productivo, trazar nuevos objetivos si los anteriores no se han cumplido. En este camino de renovación, de programación de nuevas metas, también vale pensar en nuevos proyectos que sean posibles a corto o mediano plazo. Puede ser la inscripción a clases de guitarra, o de flamenco, o de salsa, o la vuelta a la Universidad a hacer un posgrado, o aprender pintura, o programar nuevas vacaciones con los hijos.

Sencillamente, comenzando con estos reemplazos: de la presión familiar al disfrute de la familia, del gran dinero gastado en presentes sin significado a regalos significativos y de la sensación de fracaso a la motivación ante nuevos proyectos, comenzaremos a caminar hacia una vida feliz. La felicidad no es la carencia de sufrimiento ni significa una opulencia de riqueza y belleza. Las personas que obtienen la felicidad, lo hacen porque antes han aprendido a superar los aspectos negativos en su vida. Aceptar los miedos, los obstáculos, las debilidades y las fortalezas nos van acercando a nuestro ser feliz.

Por tanto, es importante detectar aquello que nos genera bienestar. Si anhelamos imposibles, es probable que estemos alejados de nuestro bienestar emocional y nos sintamos frustrados. Pero si reconocemos que nuestro bienestar puede estar más unido a compartir con nuestro núcleo afectivo, padres, hermanos, hijos, amigos o en soñar y dibujar nuevos emprendimientos, eso nos acercará más a una vida más plena.

© Leticia Brando, 2011 Toda reproducción debe citar el texto original

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Opciones en el presente y personas desechables

Internet ofrece muchas opciones. En un click, entramos en la tienda Dior y compramos el bolso modelo Pochette. Seguimos navegando y compramos unas vacaciones en Punta del Este. Desde Facebook, recibimos links a artículos de economía, belleza y política. De esa información, seleccionamos qué leemos, recomendamos y desechamos. También lo hacemos con las personas: seleccionamos a quién escuchamos, queremos y descartamos.

Esta facilidad de elegir las opciones que nos da la vida tiene que ver con la selectividad. Tenemos los cinco sentidos que nos permiten percibir el mundo. Cada percepción depende de nuestra biografía, experiencia de vida y teorías que hemos internalizado de nuestra familia, escuela, sociedad y cultura. Al percibir diferente, también seleccionamos de forma diversa. Hay seres muy cuidadosos y otros más propensos a absorber apasionadamente los datos que el mundo les ofrece. De estos últimos es mi amigo Jordi, un arquitecto de treinta y cinco años, que reconoce que no puede estar solo. Termina con una novia y a los dos meses ya conoce otra chica que le endulza la vida, y así en un ciclo interminable. Cuando le preguntas cuál de esas novias ha sido realmente la chica con la que él se ha querido establecer, tener una familia y comenzar un proyecto juntos, él dice que quizá la segunda de sus ocho novias. Cuando se le pregunta si está enamorado de su actual pareja, él dice que no lo suficiente pero reconoce que le resulta cómodo tener una pareja con la que compartir salidas y fines de semana.

Muy distinta es la actitud de mi amigo Andreu, un psicólogo de cuarenta años. Sólo sale con alguien si realmente siente atracción, deseo y un sentimiento cercano al amor. Él cree que su tiempo vale oro. En cuanto percibe que no siente ni sentirá amor por la chica que está conociendo, toma distancia y se aleja. Suele ser sincero y comunica con lujo de detalles sus razones para no amar. Durante su última relación, Andreu se encontró con una cuestionadora de su saber y hacer. La chica abandonada, reclamó amistad y consideración y pidió conversar personalmente. Él decidió dejarla por teléfono aunque ambos viven en la misma ciudad. Esta insistencia hizo que Andreu transformara su ser habitualmente paciente y bondadoso.

Acostumbrado a desechar la información que va recibiendo en la bandeja de entrada de su mail, decidió que esta mujer debería ser desechada y olvidada, como uno de esos spam que uno recibe diariamente. No sólo se negó a tomar un café, sino que además terminó convencido que era una obsesiva al estilo Glenn Close en “Atracción fatal”.

Si durante la relación esta chica se había mostrado cálida, comprensiva, empática y cariñosa, ¿qué había sucedido que Andreu ahora la consideraba un ser horroroso? Quizá porque parece que el reloj se detiene cuando sentimos peligro y miedo. Esa paralización hace que nos olvidemos el pasado feliz con una persona que en el momento presente nos está importunando. Cuando nos sentimos atacados por alguien que nos provoca, podemos ser emocionalmente eficaces y contestar con una frase llena de amor y paz. Pero también podemos actuar reactivamente y atacar con más fuerza al contrincante. Andreu suele ser muy hábil en sus relaciones, pero esta vez, sintió que ella sentía demasiado por él y atacó rechazando y repudiando la intención amistosa de ella. Mi amigo actuó como el niño que golpea a los menores en la escuela para proyectar fuerza en sus colegas de clase.

Al final, no es más que la demostración de un rasgo femenino el hecho de buscar explicaciones en asuntos del corazón. La necesidad humana de cerrar los asuntos hablando y hablando. No siempre esa pasión por las palabras dichas es entendida por algunos ánimos masculinos. Confío que Andreu descubra las trampas de la percepción de su cerebro, tome distancia y relativice. Eso es madurar. Eso es recordar y amar lo que vivimos y sentimos.

Podemos desechar mails, links, información, objetos, pero nunca podemos desechar personas, salvo que hablemos de maltratadores y autores de similares bajezas. Las mujeres y los hombres no somos productos desechables. Tenemos alma, voz y voto. A veces nos equivocamos. A veces acertamos. Pero al final de cuenta, como canta la gran Chavela Vargas, siempre volvemos al lugar donde amamos la vida.

(*) Columna escrita por Leticia Brando en la edición Invierno de Bernik Magazine, mayo 2010

¿Se le puede tener fobia al amor?

Entrevista para El Mercurio de Chile

¿Se le puede tener fobia al amor?

Sentirse enamorado ya no es algo a lo que todos aspiren. Por distintas razones puede ocurrir que alguien renuncie al sentimiento más profundo que se pueda experimentar. Es una idea que ha rondado la discusión en muchos espacios, pero finalmente la necesidad supera a la opción porque ningún ser humano de carne y hueso puede vivir sin amor.
Viernes 19 de Marzo de 2010
Carola Inostroza

Casi cualquier persona diría que el amor es un sentimiento intrínseco de los seres humanos, pero algunos han llegado a pensar lo contrario. Tanto por complicaciones derivadas de trastornos psicológicos como por opción personal, ellos han dejado de sentir esta emoción. ¿Por qué tan así?

Pese a que la filofobia no es un término avalado oficialmente, recientemente se ha comenzado a usar para identificar el temor o miedo irracional a enamorarse o a vincularse sentimentalmente con otro y que es relacionado con la fobia social, enfermedad ampliamente estudiada.

“Lo que yo he visto sobre la filofobia es que en vez de presentar esta fobia social en un espectro más amplio- esto es, un temor a tener cualquier tipo de encuentro social- se singulariza la posibilidad de tener un encuentro amoroso o una relación sentimental”, aclara Domingo Izquierdo, psicoanalista y psicólogo clínico de la Universidad Andrés Bello.

Hay muchos motivos que generan este trastorno y muchas son las teorías que explican estas conductas. Se dice que estas personas filofóbicas eligen relaciones imposibles donde nunca podrán enamorarse o huyen de quien pueda sentir una atracción importante. Y pueden llegar a expresarlo incluso físicamente con sudación, latidos irregulares, falta de aire y otros síntomas. Ellos actúan de esa forma, según el psicoanálista, debido a que “tuvieron experiencias traumáticas en su infancia o fallas vinculares tempranas importantes, que luego tienden a repetir en nuevos vínculos afectivos”, señala Izquierdo.

Se habla de una alteración que requiere tratamiento tanto con psicoterapia como con medicamentos con ansiolíticos específicos para frenar este temor hacia el amor y hacia el otro, “configurado por muchos elementos psicopatológicos serios que alteran el funcionamiento normal de una persona y generan un detrimento en sus funciones personales”, explica.

No obstante, la falta de amor en muchos no se debe solamente a perturbaciones a nivel psiquiátrico. La distinción es clara entre los que “no se enamoran por tener una fobia de los que tienen un temor al compromiso o tienen dificultad para encontrar pareja y otros que por opción de vida deciden no tener relaciones amorosas”, distingue Izquierdo.

Tal como lo comprobó un estudio realizado por Parship, una agencia online líder en relaciones estables, más de 8 millones de personas son solteras en un país de 40 como es España. Pero tal tendencia no se limita solamente a países europeos. Hablamos de los “singles”, dispersos alrededor del mundo que muestran una “independencia afectiva, un deseo de no estar con alguien porque no hay presión, porque están bien solos y disfrutan con la familia, amigos y viajan o salen con total libertad”, afirma Leticia Brando, psicóloga uruguaya y single coach de Parship.

Brando quien también es autora de “Las mujeres y hombres que no aman demasiado. La hipermodernidad y las consecuencias de los cambios de roles” (2009)- que se espera llegué a Chile próximamente -trató de buscar respuestas a este fenómeno que ha hecho desplazar la importancia del amor en la vida de una persona y que ocurre principalmente en ciudades occidentales con un alto número de población.

Los solteros identificados en España, también fueron encontrados en otros países como México, Estados Unidos, Uruguay y Argentina, los cuales sirvieron a Brando para mostrar que hay solteros porque quieren y por mucho tiempo. Ellos, como nadie, gozan de un individualismo “galopante y creciente” y que es signo de los cambios culturales que actualmente vivimos y de la hipermodernidad que estamos experimentando.

Puede ser miedo, indiferencia o inmadurez pero lo cierto es que hay muchas personas que ya no buscan el amor como antes. Según Brando, ahora impera vivir el día a día muy deprisa “con muchas actividades multiocupación y que reflejan el hedonismo que no deja tiempo para el amor que requiere proyección, futuro y tiempo”, indica, y que es configurado, además, por un avance en las tecnologías de información que “ha acortado el tiempo y el espacio para comunicarse, además de no estar presentes físicamente”, dice.

El amor ha comenzado a perder su sitial aspirado por todos los seres humanos, sin dejar de confundir con “enamoramiento” o atracción sexual “que hace que mucha gente pase esta primera etapa muy de taquicardia, muy de hormigueo en el estómago, pero que no logra conocer a la otra persona en todas sus virtudes y sus defectos”. El amor es un elemento cultural y un asunto muy serio que “requiere de personas maduras, de audacia y valentía para atreverse a conocer al otro”, sentencia Brando.

Este escenario parece augurar un final estrepitoso de aquel sentimiento que nos distingue como seres humanos. Sin embargo, los especialistas ponen paños húmedos a esta tendencia porque efectivamente nadie puede vivir sin amor durante la vida. El abandono del amor es un fenómeno “transitorio y remontable” como afirman Izquierdo y Brando.

La psicóloga uruguaya es optimista frente a estas personas que eligen no tener amor en sus vidas porque “hasta las personas más difíciles buscarán y encontrarán amor aunque suene tradicional”. Brando reconoce que existen factores propios de nuestros tiempos modernos que impiden desarrollar el amor en toda su magnitud pero llama a revalorar esos elementos genuinos que nos mueven a seguir viviendo.

“Es una etapa transitoria, debido a que en el fondo todos quieren terminar sus días con un compañero de ruta porque el hombre es un ser social. Para crear todo lo que tenemos ahora el hombre necesita unirse en cooperación, solidaridad, generosidad y estos valores que son muy positivos tienen al amor como el sentimiento más importante. Es lo que nos da sentido a nuestra vida”, manifiesta Brando.

Los que no se enamoran


Entrevista en La Vanguardia:
Los que no se enamoran
Cuando llega, el enamoramiento es inevitable, pero su ausencia no implica ser condenados a la infelicidad
En vísperas de San Valentín muchas parejas ya se están preparando para celebrar su fiesta. Pero ¿qué pasa con los que no están enamorados o que nunca se enamoran? Se puede vivir igual de bien. Solos o en pareja

PIERGIORGIO M. SANDRI | 13/02/2010 | Actualizada a las 03:36h | Gente y TV
Si usted ha encontrado a su media naranja, en estos momentos debe (o tal vez debería) de tenerlo más o menos todo a punto para celebrar mañana el día de los enamorados. Pero piénselo: ¿está enamorado de verdad?

Se supone que sí. En nuestra sociedad tenemos la costumbre de identificar el hecho de tener pareja estable con el enamoramiento. Durante siglos las bodas se celebraban simplemente por conveniencia o interés, pero en la época del romanticismo el enamoramiento llegó a ser mitificado y glorificado. En la era moderna, con la llegada de la libertad y de la emancipación, las relaciones pasan a basarse en el sentimiento. Pese a que en algunas culturas todavía se conciba el vivir en pareja como un arreglo y contrato social, en la mayoría de las sociedades desarrolladas se comparte la vida con alguien “porque se le quiere”. “Es en el siglo XX cuando el amor se convierte en la primera reivindicación auténticamente planetaria. Se impone el derecho de cada uno a ser amado y la pareja se convierte en una relación entre dos personas que se hablan, se observan, se juzgan y se aman”, escriben Jacques Attali y Stéphanie Bonvicini en su libro Amours, un ensayo sobre la historia de las relaciones hombres y mujeres.

Sin embargo, en la actualidad, aunque la mayoría quiera a su pareja, su corazón no le late cada minuto como cuando era adolescente. Por no hablar de los que están encantados con su soledad o simplemente resignados a ella, sin agobios. Porque nunca han conocido el amor. O porque el amor, simplemente, no entra sus planes. Si usted forma parte de este grupo, entonces tranquilo. No está condenado a la infelicidad ni es una persona incompleta. Y tampoco es un bicho raro, sino miembro de una tribu más numerosa de lo que la gente cree: los que no se enamoran.

Preguntado sobre el tema, el ex presidente de Fiat Gianni Agnelli –dandi, bon vivant, playboy convencido y padre de familia a la vez–, contestó una vez al periodista Indro Montanelli con cierto desprecio que “sólo se enamoran las camareras”. Agnelli creía que dejarse llevar por los sentimentalismos era una fantasía un tanto ingenua. Para él, gobernar las pasiones no sólo era posible, sino recomendable. Al teclear la frase “es posible no enamorarse nunca” en Google aparecen cuatro millones de entradas. La duda, por lo menos, es legítima.

Dicen algunos biólogos que enamorarse es un sano desequilibrio químico, con lo que las personas con el sistema neuroendocrino bien ajustado tarde o temprano experimentan esa sensación. Sería algo inevitable a lo largo de la vida, porque es un fenómeno incontrolable. Según Jean Didier Vincent, neurobiólogo del CNRS de París, el flechazo es un acontecimiento emocional transitorio, seguido de un reconocimiento recíproco. Desde un punto de vista estrictamente biológico, se liberan en ese momento determinadas hormonas, como la dopamina entre muchas otras.

Sin embargo, hay quien asegura estar inmune a esta descarga emotiva. Existen personas que eso del “amor ideal” y del “enamoramiento” no lo llevan muy bien. O que por lo menos no está en sus genes y en su biología. Leticia Brando

El 9 de septiembre de 2009 volví a presentar mi libro

Con la presencia de Mayte Ametlla, periodista de Onda Cero presenté nuevamente mi libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado” en Librería Catalonia

Más info sobre el libro: http://www.singlecoach.es/subsec2.php?id=19

Cuando hablamos de sexo, ¿de qué genero estamos hablando?

La pasada noche del 12 al 13 de agosto de 2009, tuve el privilegio de ser invitada al programa de radio “Quédate conmigo”, emitido por Onda Cero y dirigido por la periodista Mayte Ametlla. La excusa para estar ahí era hablar acerca de las similitudes y diferencias entre los hombres y las mujeres. Y emulando casi al gran Paco Umbral pero sin expresarlo de forma tan vehemente, quedó claro en la tertulia que la intención central de estar en ese programa era hablar de mi libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado. La hipermodernidad y las consecuencias de los cambios de roles”. En esa obra analizo el desencuentro entre géneros, tomando para ello de modelo a hombres y mujeres de Argentina, España, Estados Unidos, México y Uruguay.

Como contrapartida, Ametlla decidió invitar a Alfons Martos, periodista cuya principal función(y conste que no he dicho intención) fue la de interrumpir cada una de mis intervenciones mientras intentaba convencer a todos los oyentes que todo lo sabía sobre el hombre y todo lo creía intuir sobre las mujeres. Mientras tanto, el arte y profesionalidad de la directora del programa lograron que pudiera continuar con mis ideas y opiniones sobre las relaciones entre hombres y mujeres, ya sea desde mi experiencia como psicóloga y coach como por las cosas que he descubierto tras recopilar varios testimonios de ellos y ellas para mi libro. Siendo una persona que trata de aplicar lo que enseña, el fin del debate culminó con risas y bromas entre mi supuesto oponente y mi persona. Pero esto no es ningún mérito porque desde hace muchos años, trabajo en el arte del logro de la armonía entre contrarios.

Aunque así como reconozco mi poder de construir puentes de unión antes que murallas chinas, también reconozco que en el mundo radial, la sintonía en la comunicación es más bien aparente porque siempre sobrevienen distorsiones. En realidad, resulta casi natural que lleguen malentendidos, interpretaciones erróneas y expectativas frustradas de decir más de lo que se dijo. Principalmente, los principales creadores de la distorsión comunicativa suelen ser los mismos oyentes, cuyos paradigmas, mapas mentales, creencias y generalizaciones les impide entender completamente el nivel “real” de lo que se intentó decir.

También están los oyentes que creen haber oído todo perfectamente y aún así encuentran cosas a mejorar. De este estilo de oyente, resultó don Fernando Sánchez-Rubio García, que me escribió un respetuoso, valiente e ilustrado mail, señalando un “error” de mi parte al referirme al término “género” en lugar de decir “sexo” masculino o femenino. Sin querer compartir todas las objeciones que me endilgaba este oyente, discutía mi justificación de referirme a “género” para señalar la construcción cultural que se hace del ser hombre y ser mujer. Don Sánchez-Rubio García pensaba que no había ninguna definición en nuestro diccionario de la Real Academia Española(RAE) para definir género en cuanto a lo perteneciente al hombre o mujer según mi explicación. Para justificar sus argumentos, el oyente indagó en las distintas definiciones de la palabra “Género” según la RAE y encontró las siguientes:

1.Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.

2. Clase o tipo a que pertenecen personas o cosas. Ejemplo: Ese género de bromas no me gusta.

3. En el comercio, mercancía.

4. Tela o tejido. Géneros de algodón, de hilo, de seda.

5. En las artes, cada una de las distintas categorías o clases en que se pueden ordenar las obras según rasgos comunes de forma y de contenido.

6. En biología, taxón que agrupa a especies que comparten ciertos caracteres.

7. En gramática, clase a la que pertenece un nombre sustantivo o un pronombre por el hecho de concertar con él una forma y, generalmente solo una, de la flexión del adjetivo y del pronombre. En las lenguas indoeuropeas estas formas son tres en determinados adjetivos y pronombres: masculina, femenina y neutra.

8. En gramática, cada una de estas formas.

9. En gramática, forma por la que se distinguen algunas veces los nombres sustantivos según pertenezcan a una u otra de las tres clases.

Y tras enumerarlas, el oyente se quejaba que en ninguna de las acepciones mencionadas, cabía la posibilidad alguna de encuadrar “género” para referirse a hombres y mujeres.

Afortunadamente, don Sánchez-Rubio García no se conformó únicamente con indagar en la RAE y me citó una recomendación de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), con fecha del 14 de Septiembre de 2005:

Se precisa que los términos “género” y “sexo” designan realidades distintas, pues el primero se refiere a la “categoría gramatical de las palabras” y el segundo hace alusión a la “condición de los seres vivos por la que se distingue el macho de la hembra”. En castellano, una cosa es “sexo” y otra es “género”. “sexo”, para los hispanohablantes, tienen las personas, los animales y algunas plantas, mientras que “género” sólo lo tienen las palabras, y no todas. De modo que podemos decir que una persona es de “sexo” masculino o femenino, pero no que es de uno u otro “género”. Asimismo, podemos decir que un sustantivo es de “género masculino o femenino”, pero no de uno u otro “sexo”. El “sexo” es una categoría biológica, el “género” una categoría  gramatical. (…) En consecuencia, se recuerda que el “género” se refiere a las palabras y el “sexo” a las personas, animales y plantas, por lo cual es incorrecto utilizar estos términos indistintamente.

Sencillamente, mientras leía ese mail, aumentaba mi fascinación por el tema del lenguaje y todo lo que provoca en el accionar de los seres humanos. Don Sánchez-Rubio García siguió con sus objeciones, citando luego al académico dominicano Fabio J. Guzmán Ariza, quien ha señalado que “el uso incorrecto de “género” se originó por calco semántico del inglés “gender”, vocablo que en ese idioma sí se entiende como sinónimo de “sexo” (“sex”), o que como apunta el Diccionario panhispánico de dudas, ha adquirido un sentido técnico específico, resultado del movimiento feminista, que alude a diferencias entre el hombre y la mujer de índole social, económica, política, laboral, etc.”

Tras el brillante mail de don Sánchez-Rubio García, deduzco sin ninguna comprobación estadística pero sí con mucha inocencia generalizadora que para beneplácito de Mayte Ametlla, sus oyentes suelen tener un nivel socio educativo y cultural alto. Pero más allá de dejarme llevar por el peso de las fuentes de la RAE y de otros sitios, seguiré utilizando el término género en mi lenguaje. Esto no evita que concuerde en gran parte con los comentarios que manifestó el oyente con respecto a “sexo” y “género”. Pero vuelvo a subrayar que “género” se refiere a la construcción cultural que hacemos de lo que implica ser hombre y ser mujer. No aparece explicado claramente en el diccionario de la Real Academia Española porque para ello, deberíamos consultar un diccionario antropológico o sociológico que entienden de lo que hablo. No siempre la lengua camina al mismo paso que la sociedad y las ciencias sociales. Trato de ser más clara y precisa: puedo ser mujer  porque así lo ha marcado mi biología y mis caracteres sexuales pero puede que no sienta todas las condiciones culturales y sociales de lo que implica ser mujer de acuerdo a mi sociedad y cultura(género).

Y no es meramente un término utilizado por influencia de Estados Unidos(“gender”) sino porque así se utiliza en el ámbito de la psicología, la sociología y la antropología. Ciertamente, no siempre el lenguaje de psicólogos, sociólogos y antropólogos coincide con el léxico de la Real Academia Española. De todos modos,  también se han introducido términos del lenguaje popular en la RAE y  con estos hechos, albergo la esperanza que también se incluyan definiciones más claras de términos de uso académico, utilizadas por expertos en ciencias sociales. Por lo demás, si hubiera tenido tiempo para enumerar los términos de referencia psicológica que no se incluyen en la RAE, don Sánchez-Rubio García hubiera quedado espantado. Un ejemplo pueden ser palabras como “completud”, “otredad”(que ya está incluida”), “externalización” y tantos más que ahora mismo no recuerdo.

Por lo demás, el gran Miguel de Cervantes Saavedra hizo su contribución a la RAE tras publicar su obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Ahora no recuerdo el número de palabras que se han agregado a nuestro léxico castellano/español tras el éxito del fantasioso Alonso Quijano. También se han agregado palabras de uso popular al léxico definido por la RAE. Seguramente, haya que hacer un apartado especial sobre “género” para que no haya más diferencias entre el lenguaje de los académicos de la lengua y los expertos de las ciencias sociales. De todos modos, en las definiciones que  don Sánchez-Rubio García trae sobre género, hay dos que definen lo que le estoy tratando de explicar:

Género:

1.Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.

6. En biología, taxón que agrupa a especies que comparten ciertos caracteres.

Quizá con un poco más de tiempo, se puede proponer a la RAE que incluya definiciones más pLazing on a sunny afternoonrecisas que se relacionen con el lenguaje expresado por feministas, antropólogos, psicólogos, sociólogos y gente de a pie.  Después de todo, esta no es la primera vez que la Real Academia marcha a paso diferencial con el sentir y vivir de tantos hombres y mujeres.