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Hombres perros, mujeres gatas y reivindicando el realismo

Mientras en España aún se escuchan los ecos del triunfo del PP en las últimas elecciones, para no perder la costumbre estuve pensando en el amor. Pero no en cualquier tipo de amor. Estuve pensando en los amores perros y gatunos.(*)

En el marco de un documental que escribí y produje sobre el amor, titulado “Ni contigo ni sin ti pero a solas conmigo”, que fue filmado en Barcelona, Buenos Aires, Montevideo y México, aproveché para hablar sobre las diferencias entre perros y gatos con mi amigo, el escritor Francesc Miralles, partidario del amor gatuno. Ciertamente, el perro es más dependiente y necesita que lo saques varias veces a la calle. El gato se muestra independiente, solitario y suele demandar poca atención. Por lo demás, el gato acompaña sin demandar atención. Es diferente el perro que busca que le mimes, le hables, juegues con él y hasta que le digas que le quieres. Pensando en personas, cuando hablamos de un hombre que actúa como un perro, solemos pensar en alguien que engaña, es ruin y actúa con malicia. Cuando se habla de un hombre que es un perro faldero, pensamos en un tonto que acepta sin chistar todo lo que su mujer le dice. Contrariamente a esta expresión, existe la de fiel como un perro. Todo lo aguantarás porque como tu perro, ese hombre te espera, te celebra y te venera. En cambio, si le decimos a una mujer que es como una gata, aludimos a su astucia, sensualidad y flexibilidad. Si pensamos que además en Brasil se le dice gatinha a la chica guapa, entonces da más ganas de maullar que de proferir ladridos.

Al mismo tiempo, pensemos en nuestras relaciones. Si ladramos a nuestra pareja y a nuestros amigos como un perro, si demandamos constantemente cariño y una jornada intensa de atención, a la corta o la larga, el otro se aburre de nosotros. El mundo actual requiere de seres independientes y no dependientes. Nuestros resultados son diferentes si actuamos como un felino. La mujer de Francesc me confesó que ella cree que sus trece años continuados de amor se deben a que ella actúa como una gata: es silenciosa, independiente, deja espacio, no se entromete en su decisiones pero está presente. Pero más allá de cultivar el amor perruno o gatuno, Francesc opina que debemos cortar con la fantasía romántica que instaló “Madame Bovary”, la novela de Gustave Flaubert. En este libro, la heroína está insatisfecha de su matrimonio con un médico mediocre y rechaza su rol de madre. Se evade leyendo novelas románticas y buscando amantes que le prometan una mejor vida. Francesc cree que el secreto del amor estable es dejar de pensar que uno se tiene que quemar por dentro para sentir amor. El realismo o la aceptación del otro como un ser común y silvestre evita dolores de cabeza y desazones del corazón. Tanto se pide al otro de una forma intensa y rápida que las relaciones suele ser tan fugaces como los destellos de la pasión.

Este mismo realismo pero con una perspectiva más despiadada manifestaron algunos hombres argentinos y uruguayos al ser entrevistados para el documental. Los barceloneses suelen separarse o divorciarse cuando su pareja no les hace feliz. Los argentinos y uruguayos prefieren continuar su relación y recurren a amantes estables o esporádicas para volver a arder como Emma Bovary. Ya no hay amor, mucho menos pasión, ni siquiera caricias, ni comunicación ni comprensión pero subsiste el suficiente compañerismo para continuar con su matrimonio y no romper la armonía familiar. La familia triunfa sobre la pareja. En esta sociedad de perros fieles a la institución familiar, más partidarios de las obligaciones que de prodigar afecto, las esposas deberían circular como gatas y buscar nuevos tejados para reposar. Pero muchas no quieren o creen que no pueden.

(*) Columna realizada para la edición de diciembre de 2011 de Bernik Magazine

Amadores, amados y todo para dar y recibir

Me preguntan constantemente cómo puedo trabajar temas como coach ejecutiva o como facilitadora en Liderazgo, Habilidades directivas, Hablar en público e Inteligencia Emocional en empresas y luego escribir mi libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado. La hipermodernidad y las consecuencias de los cambios de roles”. Una coach ejecutiva escribiendo sobre el amor. ¿Para cuándo tu libro sobre liderazgo?, me preguntan muchos. Si encima, me atrevo luego a producir y escribir el guión del documental “Ni contigo ni sin ti pero a solas conmigo, filmado en Buenos Aires, Barcelona, Montevideo y México y una visión en imágenes de mi libro, entonces ya me dicen que cómo hago para encima meterme en terrenos audiovisuales. Creo que investigo sobre amor porque es el sentimiento más importante que ha marcado la evolución de la especie. Tampoco creo que haya mucha diferencia en mi trabajo cuando lo hago en empresas o en otros sitios.  Porque en todos los ámbitos de actuación, el amor siempre es el valor y la emoción que más aparece. Ya sea el amor al trabajo, el amor a la marca, el amor a una idea, el amor a alguien. El amor emerge sin casi poder evitarlo. Por eso, estoy muy feliz del próximo evento que impartiré mañana con Pedro Amador en el Sheraton Montevideo.

En relación al amor, creo que mis alumnos o los líderes con los que trabajo también saben la importancia del amor a su equipo para que su empresa sea más productiva. En este caso, tengo una opinión similar a Stephen R. Covey. Cuando Covey habla de liderazgo, suele hacer paralelismos entre su vida familiar y la vida empresarial. En mi caso, encuentro que tanto para liderar una empresa como para una liderar una relación o mi propia vida personal, requiero valores, cualidades genuinas que he traído desde el nacimiento y nadie me puede arrebatar. Puede que traten de usurparme mi puesto en una empresa, mi coche, mi casa pero mis valores, los debo potenciar y trabajar. Entre los valores que puedo recurrir para lograr mis objetivos, el amor aparece como el más positivo porque me conecta con mi pulsión vital. No solamente en el amor que puedo expresar a un ser querido, sino en el amor hacia mí misma, hacia mis compañeros de trabajo, hacia mi familia. El desamor nos amarga y nos enferma. Esto no es una mera frase hecha. Hay estudios científicos que demuestran que las personas más positivas y solidarias con respecto a los demás, tienen menor propensión a contraer enfermedades cardíacas.

Siendo consciente de la importancia del amor, no deja de sorprenderme el testimonio de personas que se lamentan de su soledad. Otros, como algunos escritores, artistas y músicos que celebran su soledad para crear obras magníficas. Otros vivimos con otras personas que contribuyen a nuestra fuerza y equilibrio. El disfrute de compartir con otros no implica que no tengamos crisis y roces con esas personas. Primero porque las necesidades propias no son necesariamente iguales a las de la otra persona. Por otro lado, somos hombres y mujeres pero nuestro género no nos hace ser predecibles para cada ocasión. Ni las mujeres ni los hombres tenemos escritas un manual de instrucciones de cómo debemos tratar al otro. Esto hace que muchas veces se compruebe que ni los hombres son tan básicos ni las mujeres son tan enmarañadas.

Más bien, cada minuto de nuestra vida estamos inventando el mundo. Eso es lo que hacen hombres y mujeres en tiempos hipermodernos: reinventarse frente a las adversidades, cuidarse para ser objeto de deseo del otro pero al mismo tiempo, preservarse del otro, que les puede generar tanta atracción como temor. Parafraseando a Paul Auster, “el mundo está en mi cabeza y mi cuerpo está en el mundo”.  Somos seres físicos, nos podemos tocar pero si no nos pudiéramos pensar, ni imaginar, no reconoceríamos a las personas. Los hombres y mujeres se reconocen a partir de que se piensan. Muchos hombres siguen pensando a una mujer como alguien sensible, que educa, que cuida a los niños y por eso, están perplejos ante esta mujer que muestra autonomía sexual e independencia económica. Por el lado de las mujeres, muchas piensan al hombre como un ser que se enfoca en sus cosas, es práctico y algunas reaccionan incómodas cuando ellos también dicen que no, lloran, se depilan y usan cremas.

En realidad, muchas de las personas felices en pareja que fueron entrevistadas en mi libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado. La hipermodernidad y las consecuencias de los cambios de roles”, se pensaban e imaginaban sin tantos estereotipos. Tras hablar con mujeres y hombres de Barcelona, Buenos Aires, Montevideo y México, parece que la soledad se disfruta tanto como se padece. No solamente no estamos tan felices siendo solteros eternos sino que además nos cuestionamos hasta dónde nos va a llevar tanta autonomía e individualismo. De todos modos, eso no evita el surgimiento de una especie de solteros de oro que ostentan las ventajas de no cambiar pañales ni pagar fortunas en niñeras. Aunque una vez termina esa sensación momentánea tras los romances momentáneos, suele sobrevenir el vacío existencial. Evocando la invitación al evento de Cómo conseguir la felicidad en el amor, no creo que la dama necesite un príncipe que la salve de dragones pero tampoco quiere luchar ella sola contra las fieras. Así como él tampoco quieren ser el único que demuestren fuerza y seguridad.

Sin duda que él quiere compartir fuerzas porque ya se cansó de demostrar tanta potencia en otros tiempos. La fuerza comienza a ser compartida pero las creencias sobre lo que se da y se quita si se tiene amor, suelen ser muy tradicionales. Esto se ve claramente en los primeros roces de una pareja. Ella o él suelen demandar o quejarse de una falta o carencia del otro. Cuando asumimos que la vida tiene gratificaciones y frustraciones, dejamos de sentirnos tristes cuando las personas que elegimos para formar parte de nuestra vida, no muestran una disposición exclusiva en satisfacer nuestras necesidades. Porque justamente de ahí provienen los problemas con la mayoría de las personas: malentendidos en relación a lo que uno cree que da y espera recibir.

No siempre damos y recibimos al mismo tiempo. Ni tampoco damos con la condición de recibir. Esta última opción desinteresada y altruista es utilizada por muchas personas pero no siempre es apreciada. Así como un banco no se puede mantener si sólo presta dinero, tampoco una persona puede continuar sus relaciones si sólo se entrega y da, sin esperar a recibir nada a cambio. Me decía el otro día alguien que en cuestiones de pareja están los amadores y los amados. Esta concepción en la que en una pareja, hay siempre alguien que ama con más intensidad. No comparto esta creencia sobre el amor porque lo que hace es construir una polaridad en una relación, cuando una pareja debería ser un par de seres diferentes, que tengan en común el amor compartido y los proyectos futuros. En ese amor compartido, la idea de que uno ama menos debería ser desterrada porque así marchan muchas parejas, conociéndose y aceptando convivencias donde uno dona su amor y el otro recibe sin preocupaciones. Sin duda que sería ideal que ambos donen su amor sin esperar nada a cambio, tan sólo ver la felicidad en el otro. Pero la mayoría de las personas dan algo buscando algo a cambio. También es cierto que el donante de amor puede perder fuerza si no recibe reciprocidad del otro. De alguna manera, inconscientemente damos amor buscando recibir nuestro eco y reflejo. Pero no damos mostrándonos ciegos de amor y aceptando con sumisión la poca entrega del otro. El amor puede concebirse como un bien de cambio más cuando la falta de dinero trae consigo una escasez de caricias, o cuando la paciencia se transforma en rabia, o cuando la tolerancia da paso a la diferencia.  Pero cuando el amor se concibe como algo infinito que promueve los valores y el compromiso del individuo, ese amor que demos nos volverá. Habrá un momento que el que cree que sólo deberá ser amado, se empachará de energía y comenzará a devolver todo ese amor recibido. Dejará de ser el amado para ser el amador. Entonces habrá valido la pena dar sin pensar tanto en recibir.

Y los dejo con un video del gran Jorge Drexler que resume este sentimiento de transformación en el dar y recibir.

©Leticia Brando, 2012. Toda reproducción de este texto es posible si se cita el texto original.

El líder amoroso, la gestión del cambio y la visión superadora

¿Cuántas veces te preguntaste si el lugar donde estabas era el mejor lugar para vivir tus días? ¿Cuántas veces te arrepentiste de no hablarle a alguien que te interesaba? ¿Cuántas veces dudaste sobre el camino a escoger? ¿Cuántas veces pensaste en las cosas que quieres y en las cosas que puedes? ¿Cuántas veces te molestaste cuando alguien te criticó? ¿Cuántas veces sentiste miedo a cambiar? ¿Cuántas veces te viste incapaz de liderar?  Vivimos pensando en los peros antes que en los quiero.  Parafraseando a Mikel Erentxun, los días pasan factura si no te das una oportunidad.

Decidir dejar a esa persona que ya no me hace feliz es algo doloroso porque implica un cambio de vida y de rutina. Decidir dejar de buscar trabajo y emprender mi propio negocio es otro riesgo que vale la pena cuando se tiene visión y ambición. Decidir cambiar de país porque donde vivo ya no es el sitio que quiero estar, es otro emprendimiento que nos conecta con nuestro poder y voluntad. En este último viaje por trabajo a Montevideo y Buenos Aires, tuve oportunidad de encontrarme con mucha gente inspiradora. No sólo comprobé el interés en el coaching y la formación en Liderazgo y Habilidades directivas en muchos individuos y empresas sino también pude escuchar muchos ejemplos de vida. Entre ellos, la historia de un hombre argentino, que previniendo su ceguera, tuvo la visión  de ahorrar dinero, comprar seguros y hoy goza de  una posición privilegiada, viviendo de rentas y ayudando a sus cinco hijos. Un ejemplo de vida. Un señor que dejó de ver pero nunca perdió su visión ni su misión sobre lo que deseaba en su vida. En su caso, el cambio que implicó pasar de ser vidente a invidente, no le hizo sentarse a quejarse por no poder visualizar más el mundo. Según testimonios de su hija, él vive, ama, disfruta del cariño de los suyos y actúa como mentor para sus cinco hijos, que lo admiran y siguen.

No todas las personas asumen el cambio y enfrentan los obstáculos de la vida como lo hizo este visionario.  Muchos prefieren quedarse en su zona de comodidad, amoldarse a colchones que ya no hacen bien para la columna. La sensación de pereza de ir a la tienda a cambiarlo es mayor, aunque la espalda sufra cada día. Similar quietud se observa en algunos matrimonios que prefieren mantener relaciones frías y distantes porque dudan de su capacidad de amar a otra persona. Los hábitos nos vuelven seres rígidos y apáticos pero esos hábitos han sido creados por nosotros. Por tanto, también somos los responsables de eliminarlos y crear hábitos más saludables. En crisis existenciales, muchas parejas, amistades y formas de vida se rompen. El cambio implica una aventura o un riesgo que no está exento de dolor.

Ciertamente que somos seres rutinarios y nos angustia la inestabilidad.  De todos modos, en Barcelona, el espíritu emprendedor siempre da sorpresas de flexibilidad. En plena crisis española, muchos empleados se atrevieron a combatir el paro y la falta de oportunidades, transformándose en emprendedores.

Muchas personas son reacias a cambiar porque sienten miedo. ¿Cuántas ojeras surgen en nuestro rostro cada vez que nos preocupamos en demasía? ¿Cuánto brillo en la mirada recuperamos tras un día feliz jugando con niños o tras una charla amena con amigos? Comprobadlo, tras horas de dolor y de risa. Lo segundo nos asegura una vida más plena.

Siempre les comento a mis alumnos de Liderazgo, Hablar en Público e Inteligencia Emocional que cada día decidimos cómo nos levantamos. Las emociones son hábitos y si cada día de mi vida me levanto de mal humor, me habituaré a ello. Pero si cada día nos levantamos felices de disfrutar un día más, estaremos mimando nuestro cerebro porque las conexiones neuronales nos conectarán más con la vida y la alegría. Mucha gente me dice que es muy fácil la teoría pero no es tan fácil la práctica. Estas personas no encuentran ningún beneficio a la ausencia de reacción ante la crítica o el comentario agresivo. Lo que no saben es que cuando evitan la reacción explosiva, aprenden a tolerar la frustración y a potenciar  valores como la paciencia, el respeto, la paz y la bondad. Cuando alguien me envía un comentario malicioso o intenta mantener una comunicación beligerante conmigo, nada mejor que responderle con silencio o con alguna frase pacífica. Desde el hecho más negativo en nuestra vida puede tener su connotación positiva, sólo debemos percibirlo..

Ciertamente que hay actos que nos causan fastidio  y nos tientan a actuar de forma impulsiva. Aún hay líderes que despiden a un empleado porque les pide aumento de salario o muestra una diferencia con él. Esto sucede porque todavía persiste el modelo del empleado obsecuente que sigue los postulados de su jefe como una oveja. Pero también está el líder resonante, como lo define Daniel Goleman y Richard Boyatzis en su libro “El líder resonante crea más”, ese que conecta con las emociones de los demás,  escucha sus necesidades, acepta críticas constructivas y tolera la diferencia porque jamás ha pensado que es perfecto. A ese tipo de líder, yo le llamo líder amoroso porque logra encauzar el amor a su equipo en un amor hacia la tarea, la unión, la cooperación. Cuando el líder expresa “amor” a su equipo, este está más motivado para trabajar y alinearse con los valores de la empresa. Ese es el líder que gestiona de forma eficiente el cambio en su organización.  En tiempos dinámicos, ese tipo de liderazgo es el más eficaz. El líder autoritario propone un trato distante y retador con sus subordinados y cualquiera que quiera promover el cambio va a ser discutido y combatido porque sólo se realiza lo que la autoridad máxima considera que es correcto. El líder amoroso fomenta la cultura emprendedora en su equipo y conoce los beneficios de delegar y de respetar la visión de sus subordinados.

Filmando el documental sobre amor “Ni contigo ni sin ti pero a solas conmigo”, aprendí mucho de la importancia de liderar proyectos, siempre y cuando se tenga en cuenta la mirada de las otras personas. Por eso, tuve en cuenta la visión de los realizadores, tanto de Iván González en Barcelona como de Pablo Scaldaferro en Montevideo y México. Ellos depositaron su experiencia y dieron su visión sobre el proyecto pero respetaron mi idea y guión del documental. Ellos dieron su know how pero se atrevieron también a recomendar mejores caminos cuando el proyecto crecía sin claridad de caminos. Acostumbrada a escribir mi opinión, asesorar a personas como psicóloga o coach, me enseñaron la importancia de una cooperación dinámica, donde cada uno aportó su talento, sin desmerecer la opinión del otro ante posibles mejoras. Ignoro si tras terminar el documental, mi vida cambiará pero lo cierto es que aprendí que además de enseñar a personas a adaptarse a los cambios, siempre es estimulante ver que puedo modificar mi forma de ver el mundo cuando me encuentro con gente positiva, que abre mis miras y me conecta con la conciencia que siempre hay algo nuevo para aprender. 


El poder de las apariencias

Un imagen vale mucho más que mil palabras dice el dicho. Y parece que muchas mujeres y hombres se lo están tomando a rajatabla. Aunque una  estética trabajada no siempre coincide con una adecuada actitud. La incoherencia sigue siendo uno de los defectos de la sociedad actual.

En el mundo de las apariencias, la imagen que se proyecta no siempre está relacionada con la vida que se tiene. Por ello, predominan las personas tan cuidadosas de la apariencia como incoherentes. Recientemente, Dominique Strauss-Khan, el director general del Fondo Monetario Internacional (FMI) fue acusado de agredir sexualmente a una camarera del hotel Sofitel de Manhattan. Este señor se le considera un economista intachable en cuanto a su lucha contra la crisis. Pero parece que la ética financiera no siempre coincide con la ética personal. La inevitable diferencia entre lo que se ve y lo que se es. También hay  autores de libros de auotayuda, que venden recetas de felicidad pero en su vida privada son personas de ánimo sombrío.

En este predominio de la apariencia, siguiendo las directivas del libro “El método” de Neil Strauss, en Madrid y Barcelona proliferan talleres de seducción que enseñan técnicas para seducir mujeres.  Antes de publicar su exitoso libro, Strauss era un hombre  poco agraciado y carente de confianza en sí mismo en cuanto a su acercamiento a las mujeres. En 2002 fue a un taller de seducción y dos años más tarde, se había acostado con muchas mujeres y pasó a llamarse “Style”.  Con su libro “El método” creó escuela para esos hombres perdidos en cuanto a su estrategia amatoria.

Durante un programa de radio en Onda Cero en Barcelona, me encontré con un controlador aéreo, que me comentó que imparte estos talleres de seducción en Barcelona. Tras su intención de apadrinar a otros en su aprendizaje de nuevos movimientos, incorporación de frases certeras y asesoramiento en la vestimenta y peinado, este hombre “aparentó” ser un maestro en el arte amatorio. La idea central que subyace en este tipo de talleres es que los sentimientos de las mujeres son como las raspaditas, en cuanto rascas, sacas algo: premio(si te besa) o castigo(si te rechaza). Entre las curiosidades que se les aconseja a los alumnos es que finjan interés por la vida de las mujeres como si nosotras fuéramos robots que reaccionamos según la frase utilizada. Hasta se recomienda que intenten llegar a nuestro corazón probando unos trucos de magia o una lectura de manos, o bien conversaciones sobre el tarot. Si los hombres encuentran una chica que les gusta en una discoteca, la clave está en mostrarse indiferente y ser simpático con sus acompañantes. Una vez a solas con la mujer,  la ironía es mucho mejor que las alabanzas, y por eso, en lugar de utilizar el típico “sos muy linda”, mejor decirle “tenés una preciosa dentadura postiza”. Además consideran importante no regalar nada a la mujer antes de haberse acostado con ella.  Y si el intento de beso no llega a buen puerto, mejor no incomodarse. La sugerencia es crear un muro de silencio o se prueba con la simpatía y la vuelta a empezar. Todas estas artimañas para llevar a una mujer a la cama.

Mientras algunos hombres asisten a estos talleres y aprenden a usar estrategias y cultivan imágenes para aparentar un ser atractivo y digno de besar, otras personas dejan de lado las apariencias y se lanzan a vivir. Así lo ha hecho mi amiga Alicia, una creativa publicitaria catalana de treinta y siete años. Tras un divorcio y varias rupturas amorosas, ha comenzado a salir con un amigo que conoce desde los dieciocho años.  Guiada por lo que dictaban las apariencias, Alicia se negaba a prestarle atención a este hombre pensando en el qué dirán sus amigos en común, de los ex respectivos y su entorno afectivo. Cuando dejó de pensar  en la sociedad y se atrevió a sentir, ha descubierto que su amigo es el hombre más compatible que ha conocido en los últimos diez años. Y no sólo esto, ha descubierto que alguien la quiere por lo que ella es y no por lo que aparenta.

(Esta columna apareció en la edición de junio de 2011 de Bernik Magazine)

Otra entrevista en La Vanguardia para saber si a la pareja hay que decirle todo

El periodista Jordi Jarque que ya me había entrevistado en febrero de 2011, me volvió a entrevistar para el suplemento Estilos de Vida para saber si a la pareja hay que comunicarle todo.

Secretos en pareja

No explicarlo todo no está reñido con la confianza

ES | 24/06/2011 – 11:08h

En el contrato no escrito de una relación sentimental estable se aconseja alimentar la comunicación y la sinceridad. Pero ¿realmente se cuenta todo? ¿Es necesario?

A veces es mejor tener la boca cerrada en casa Getty images

La Luna no revela la parte oculta, al menos si se mira desde la Tierra. Forma parte de su misterio. Y parece que en una relación de pareja tampoco se desvela todo. También hay partes ocultas. Pero no está tan claro si eso fomenta un saludable misterio en la consolidación de la pareja, o fomenta la desconfianza y la incomunicación. ¿Hay que contarlo todo a la persona que de manera estable forma parte de nuestra vida? ¿Es necesario decirle todo lo que se piensa de ella o compartir todo lo que sucede en el interior de cada uno? Hay respuestas para todos los gustos.

Preguntadas al azar a diez personas, tanto hombres como mujeres, de entre 20 y 70 años, ocho de ellas afirman que nunca hay que contarlo todo, que eso sólo fomentaría discusiones que no llevarían a ningún lugar, o que les gusta sentir que conservan parte de su intimidad, algo así como un espacio inviolable. Las otras dos personas, dos mujeres de 34 años y de 40 años, respectivamente, no conciben una relación de pareja sin poder contarlo todo y que les cuenten todo. “No tengo nada que esconder ni tiempo para esconder nada. Tengo absoluta confianza en mi pareja, así que se lo explico todo. Y no concibo que mi pareja no me contara todo. Para mí sería una señal de desconfianza. Si no quisiera compartirlo todo es que no me quiere realmente”. Uno de los chicos entrevistados, de 20 años, aporta la siguiente reflexión: “¿Si tú mismo no sabes todo de ti, cómo vas a explicarlo todo?”. Después añade que, en cualquier caso, la confianza no aparece el primer día como un milagro. Es un proceso, “y en la medida que vas ganando confianza, te vas abriendo más y compartiendo más intimidades”. Y otra mujer, de 47 años, asegura que prefiere jugar a ser un poco misteriosa con su marido, sorprenderle, que tenga cosas por descubrir. “Si lo sabe todo de ti ya no tendré nada nuevo que ofrecerle y se cansará. No tendrá ningún aliciente. Y no se trata de confianza o desconfianza. Si hubiera desconfianza no podría planteármelo de esta manera”. Las personas mayores que rozan los 70 años son más contundentes en sus respuestas, tanto hombres como mujeres, y afirman que nunca hay que decirlo todo. “Las verdades, sólo las justas y para que sean constructivas. Si no, mejor no decir nada o, en todo caso, mentirijillas piadosas. También forma parte de la complicidad decirle a tu esposa de 68 años que es la mujer más bonita. Ella se anima más y se pone un poco más coqueta y de buen humor. Me gusta hacerla feliz de esta manera”. “Si veo que mi marido la ha fastidiado en algo prefiero no decirle nada y que se dé cuenta él mismo, sino él se siente cuestionado y que ya no puede con todo. Con 70 años mejor reforzarle que hundirle más. Así se siente más seguro y está menos nervioso. Mejor vivir tranquilos. Además, así me mima más, es más atento y se muestra más cariñoso. Mejor no contarle todo lo que veo. Ya me lo decía mi abuela y tiene razón”.

¿Y qué aconsejan los expertos? ¿Hay que contarlo todo? El abanico de respuestas es amplio y aportan sus matices.

El misterio también tiene su papel. Leticia Brando, psicóloga y Single Coach en España y México de Parship GmbH, una agencia on line de búsqueda de pareja estable, presente en varios países de Europa y América, afirma que en una relación de pareja “hay que ser honesto, hay que ser auténtico, pero no significa que el otro sepa todo de ti. La feminidad es un misterio, y eso forma parte del atractivo de la mujer. Hay que saber mantener ese misterio para que el hombre vaya descubriendo siempre algo nuevo”. Por otra parte, hay diferencias entre hombres y mujeres, tal como señala Leticia Brando: “A los hombres les cuesta ser misteriosos”. Y, sin embargo, tienen dificultades en compartir su mundo emocional, añade Esperanza Pérez. Julia Pretel asegura que los hombres son más cerrados, y Juan Manzanera afirma que en los hombres es más fácil que les dé miedo la fusión. “Enseguida se ahogan, necesitan más espacio. En cambio, las mujeres tienden más a la fusión. En cualquier caso, es importante no negar que cada uno tiene su propia intimidad y fluir entre la fusión y la individualidad”. Ciara Molina explica que, en el día a día, “habrá gente que explique más o menos cosas a la pareja, pero cuando sabemos gestionar nuestras emociones en tanto en cuanto nos afectan y afectan a la persona con la que estamos, muy pocos son los que verdaderamente lo cuentan todo. Aunque la comunicación es imprescindible cuando compartimos sentimentalmente la vida con alguien, el omitir ciertos momentos de esta no quiere decir que se esté engañando a esa persona, sino que es un compendio que necesitamos para protegernos emocionalmente a título individual”.

Se cuente o no se cuente, las mujeres se percatan enseguida de que los hombres les ocultan cosas, asegura Leticia Brando. “Además, con la edad, el poder intuitivo de una mujer se refina y descubren antes lo que ocultan los hombres. En cambio, las mujeres saben ocultar mejor”. ¿Esto es mejor o peor para la estabilidad de una pareja? Esperanza Pérez comenta que en toda relación de pareja hay cosas que no se dicen para que el otro no lo pase mal. Y relata el caso extremo de una paciente que durante un tiempo llevó una doble vida sin conocimiento del marido, pero que eso salvó el matrimonio. “Reconocía que si no fuera por su amante no hubiera mantenido su matrimonio. En cambio, así fue feliz. Curiosamente, el amante le daba estabilidad en la relación con su pareja, a la que, por otra parte, no quería perder y no perdió. El amante también le daba una morbosidad que con el marido no tenía. Estas situaciones son más habituales de lo que se cree”. ¿Dónde está el límite de lo que se cuenta y lo que no?, se pregunta Juan Manzanera. Y él mismo responde: “Saber reír juntos. Ahora mismo estamos en una época que predomina la independencia, sin demasiada fusión. Y preservar tanta autonomía también es negativo. Hay un exceso de individualidad”. También hay personas que sencillamente tienden a comentar pocas cosas de sí mismas, añade Esperanza Pérez. Julia Pretel habla de personas introvertidas, “hay que entender que no lo expliquen todo, pero poco a poco se van abriendo si en la relación se alimenta la confianza”.

En cualquier caso y, como afirma Janai Colimon, “hay que construir una nueva forma de relacionarnos”. ¿Qué forma? En teoría casi todo el mundo lo sabe. En la práctica queda mucho camino. En eso estamos. “Y nos cuesta tanto porque todavía quedan por descubrir muchas capas de uno mismo”, termina por decir Julia Pretel. Algo así como descubrir la cara oculta de la Luna.

Para leerla completa en La Vanguardia.

Entre el narcisismo y el individualismo imperante

Nunca ha estado más vigente como en estos tiempos el mito griego de Narciso. Ese joven de radiante belleza, que rechazaba tanto a las mujeres como a los hombres. Hay varias leyendas en torno a Narciso pero voy a escoger, la que lo relaciona con Eco, una ninfa enamorada de su belleza. Como tantos seres fascinados por la hermosura de Narciso, Eco es rechazada por él. La desolación de Eco la hace perder su cuerpo, sus huesos se petrifican y sólo su voz permanece intacta. Tras esto, los enamorados rechazados por Narciso suplican a Némesis, la diosa de la justicia, la venganza y la fortuna, que cuando finalmente él logre amar, sienta similar desesperación a la que sienten ellos. El castigo se cumple cuando Narciso, mientras bebe agua durante el transcurso de una cacería, queda fascinado ante la imagen que le da su reflejo, sin darse cuenta que es su propia sombra sin consistencia. Finalmente absorto ante ese amor hacia sí mismo, termina arrojándose a las aguas.

En el mundo hipermoderno que analicé en mi libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado. La hipermodernidad y las consecuencias de los cambios de roles”, las personas no buscan su reflejo en idílicos lagos sino más bien en espejos que dominan sus habitaciones, en los escaparates en los que vislumbran su reflejo mientras ojean unos zapatos en una tienda de moda, o bien con enorme descaro en su espejo retrovisor mientras esperan que cambie el semáforo. En un mundo donde todos aspiran a ser jóvenes y bellos, los enemigos son la vejez, los quilos de más y la falta de tersura en la piel. Este narcisismo hipermoderno conduce a un individualismo, centrado en el interés que se dedica cada individuo a sí mismo. Un ejemplo de esto es la serie “Sex and the city” que relata las peripecias de cuatro amigas en Manhattan y es hoy una obra de culto, tras haber finalizado sus episodios hace varios años. Carrie Bradshaw y sus amigas conocen a hombres, se relacionan pero nunca pierden su independencia, sus gastos son para ellas mismas y por ello, compran zapatos de Manolo Blahnik y mejor si las viste Gucci o Prada.

No es un fenómeno nuevo. Desde el mundo helenístico y romano, las grandes ciudades llevan a individuos cada vez más aislados y más dependientes de sí mismos. Salvo que sean una forma de expresión del individualismo, el individuo asiste a manifestaciones antiglobalización o de protección del planeta, siempre y cuando le permitan expresar su ser original. Nada de ser parte de una masa irracional. Soy sólo una parte de ese todo pero mi parte vale más que el todo. Me debo a la cultura, a la familia, a la empresa, a la sociedad, a la humanidad pero más que nada me debo a mí mismo. El individuo hipermoderno es su propio objeto de conocimiento y de ahí el auge de la literatura de autoayuda. Al mismo tiempo, es objeto y sujeto, por lo que también busca transformarse, evolucionar, mejorar, reciclarse. En este contexto, convive el individualismo centrado en el cuidado de sí, en el cultivo del cuerpo en los gimnasios, en la necesidad de pasar horas chateando frente al ordenador y con escaso tiempo para tomar un café con un amigo. También convive el individualista que se aleja del mundanal ruido practicando yoga y meditación en un retiro lejos de la ciudad y ese ostracismo durará el tiempo que se retorne a la ciudad al ciclo interminable. De hecho, en nuestra sociedad, vivir rodeados no implica vivir acompañados.

Aunque el ser individualista no es como en otras épocas, aquel ermitaño que se recluía a pensar en la montaña y alejarse del mundanal ruido. El individualismo del siglo XXI no surge ante una contemplación serena. Más bien, las mujeres y los hombres del nuevo milenio viven absortos en sus emprendimientos, su trabajo, su rutina diaria. Solamente entran en sí en el choque con la realidad, en la experiencia de la frustración, fracaso o derrota. El infortunio, un accidente, la muerte de un ser querido, una separación arrancan al ser humano de su plácido egocentrismo. Percibir los problemas lleva naturalmente a reflexionar sobre la identidad, el objetivo en la vida y el significado de la propia existencia.

En tiempos hipermodernos, donde proliferan los movimientos antisistema con las reuniones del G8, el ser humano encuentra, reconoce, asume y examina sus problemas e intenta dar una respuesta que pueda iluminar su problemática. Ante una ruptura, un rechazo, una separación, en el mundo de sobredosis de estímulos, el individualista optará por olvidar lo más pronto posible, ya sea desplazando su objeto anterior de amor y proyectando el sentimiento perdido en un nuevo objeto.
Y para el final, quizá la mejor canción que resuma estos tiempos sea Lost Cause de Beck, :


© Leticia Brando, 2011, Toda reproducción total y parcial es posible siempre que se cite el texto original.

De la creencia en mí, en ti a la creencia en nosotros

Aquí os dejo con una parte de la columna “El ángel viste de Prada” que salió en noviembre de 2010 en la revista uruguaya, Bernik Magazine donde hablo de creencias y de parejas de leyenda como John y Yoko.

Decía John Lennon que no creía en nada. Ni en Dios, ni en Jesús, ni en Hitler, ni en Buda, ni en el Mantra, ni en Elvis, ni en Bob Dylan, ni en Los Beatles. Sólo creía en él y en su mujer Yoko Ono. Esta creencia en ese amor que todo lo podía es lo que inspiró gran parte de su obra solista y lo que impulsó su protesta en la cama contra la guerra de Vietnam hace ya más de cuarenta años. El amor como arma de destrucción masiva contra la intolerancia, la guerra y la codicia. Ayer nomás pasaba todo esto pero hoy las mujeres y los hombres de todo el mundo siguen creyendo que el amor los puede acercar a la paz y a la conquista de la felicidad en la Tierra.

Individualismo. Egocentrismo. Amor descartable. Vínculos líquidos. Son sólo algunos términos más nombrados en el siglo XXI. La pareja y la familia como ideal frente a una creciente cantidad de personas frustradas luego de hacer una gira nocturna por bares y discotecas. Barcelona, que es considerado un centro cosmopolita y de ocio, es una muestra evidente de esta frustración. En los ámbitos más exclusivos de la llamada ciudad condal, la estética cuidada y la música ensordecedora no aseguran la posibilidad de entablar una comunicación profunda y honesta. Las treintañeras y cuarentonas más sofisticadas lucen sus mejores vestidos de Gucci, Carolina Herrera, Chanel, Christian Dior y se alzan en sus zapatos Salvatore Ferragamo y dejan que sus piernas torneadas recorran los pasillos del último restaurante lounge de moda. Las veinteañeras se conforman con unos tops comprados en Zara o en Mango y lucen sus cuerpos trabajados en horas de gimnasio. Todas desfilan por esos locales ostentando una seguridad que se esfuma cuando son apenas miradas por los guapos de turno.

Al mismo tiempo, esos guapos y no tan guapos, menos ansiosos y más despreocupados, apoyan sus espaldas y sus bíceps en la barra y miran el desfile de esbeltas, rellenitas, bellas, no tan bellas y seres deseosos de volver a creer y alejarse de las malas experiencias. En realidad, ellos también tienen la fantasía de conocer a alguien y hacer su vida menos solitaria pero la paciencia es una virtud masculina que no siempre la detentan muchas mujeres. La ausencia de ansiedad ante la posibilidad de tener una nueva pareja es menor en el hombre, especialmente en Barcelona, donde hay más sobredosis de estímulos y de ofertas de nuevas chicas para conocer. En cambio, en Montevideo, los divorciados de treinta, cuarenta y cincuenta años, no tardan mucho en volver a creer en otra chica para compartir sus días.

Así le ha pasado a mi amiga Gabriela, que tras separarse de su marido de más de diez años, él ya tiene una nueva novia, que le asegura que la ha conocido a los dos meses de dejar y que le está sirviendo de paño de lágrimas mientras supera la ruptura de mi amiga. Gabriela lo tiene más difícil porque hombres de más de cuarenta años que estén libres no es algo que abunde en la capital de Uruguay. A sus treinta y ocho años, recibe invitaciones de señores de cincuenta o de jóvenes de veinticinco y ahora está en la disyuntiva de hacerse monja budista o instruir a los jovencitos en el arte amatorio. En realidad, gracias a esta separación, Gabriela tomó conciencia que la ausencia de pareja no implica que una persona sea un ser solitario y huraño. Ahora, Gabriela disfruta del amor hacia su familia, sus amigas, sus dos hijos y su trabajo como voluntaria en una organización no gubernamental.

Cuando llegue el momento, Gabriela volverá a creer. Porque los divorcios aumentan tanto como las dificultades de comunicación entre propios y extraños pero las personas siguen aspirando a la unión. No importa que el alma y el corazón estén heridos de guerra tras varias rupturas. Ningún día es tirado cuando el corazón siente. La pena se hace eterna sólo cuando no nos atrevemos a darnos una nueva oportunidad. A veces, la nostalgia puede ser un arma que nos permite seguir caminando y nos da esperanza. Si tenemos un buen recuerdo de nuestro pasado amoroso, vinculado a la dicha y la felicidad, seguramente volveremos a repetirlo en el presente. Tal vez en el futuro, podamos construir una pareja de leyenda como la de John y Yoko.

© Leticia Brando, 2010. Toda reproducción debe citar el texto original.